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III. El Soberano Poder de mi Cristo. Pregón de San Gonzalo 2006. Juan Manuel Labrador


 Desde el mismo instante en el que se me concedía el ilusionado privilegio de ser pregonero en esta mi hermandad, entre el nerviosismo y la alegría del encargo realizado, pensé       –ingenuo de mí– que este pregón sería fácil de componer, que no encontraría dificultades para ubicar las piezas del rompecabezas que le da origen, y que me resultaría muy fácil encajarlas. He de reconocer mi equivocación, ha sido una tarea ardua pero al fin y al cabo gratificante, porque han sido tantas vivencias que comprobé que no todo era derrochable en las líneas de esta particular protestación de fe para exponerlo en un tiempo justo y preciso. 

Sin saber por dónde comenzar esta andadura, que como tal siempre desemboca en el mar de los recuerdos, vino hasta mi memoria aquella primera vez en la que pude portar a nuestro Señor del Soberano Poder desde su altar hasta la sacristía. Era una calurosa noche de junio de hace siete años, en las vísperas solemnes de la onomástica de San Juan Bautista.

Cuando los priostes nos nombraron a los chavales de la juventud para que tomásemos la imagen cristífera, en ese momento único en la vida de un cristiano, una gran emoción sacudió todo mi ser. Lo bajamos de su altar, teniendo la suerte de poder situarme por su izquierda, y así admirar su dulce y apasionado rostro divino mientras su mirada se clavaba en la mía, provocando un momento que jamás olvidaré. En aquel instante, que marcó para siempre el resto de mis días, sentía que el Señor me hablaba, era un mudo diálogo entre Él y yo, convirtiéndome en su Cirineo. Cuántas reflexiones para aquellos segundos tan breves y fugaces. ¡Ojalá se hubiese detenido el tiempo!

Mi buen Jesús en tu Soberano Poder, contemplar tu angustiado rostro ya es meditación ante la vida… Tendemos a caminar sin un rumbo marcado, creemos que el compromiso con el mundo no es lo nuestro, desfallecemos en nuestro sueño de alcanzar la paz para los pueblos, pensamos que la fe nos abandona en el desierto de nuestra calamidad, nos hundimos sin pretenderlo en el egoísmo de nuestra ignorancia… pero ahí estás Tú, para hacernos abrir los ojos, y ver que la realidad es distinta, y que si a Ti te laceraron, te humillaron, te escupieron, te empujaron, te maltrataron, y te crucificaron, nosotros también hemos de tomar la cruz y crucificarnos en nuestro sacrificio personal.

Quiero ser tu Cirineo
proclamando al mundo entero,
con mi verbo pregonero,
la ilusión de mi deseo.

Hacia donde sopla el viento
he de llevar tu Palabra,
y así el corazón se abra
al ser tu amor su sustento.

No me abandones, Dios mío,
dame siempre tu consuelo
envuelto en el terciopelo
que libra al cuerpo del frío.

Danos, Divino Maestro,
tu perdón a los pecados,
que todos, hoy congregados,
rezamos tu “Padre Nuestro”.

Bendice a toda tu gente,
la que te reza y te implora,
la que se emociona y llora
con tu fuerza penitente.

Tu Soberano Poder
quita el peso de mi cruz
para que encuentre la luz
de esa fe que quiero ver,

porque sólo Tú, Señor,
me mostrarás el camino
tan seguro y tan divino
que me llevará al amor.

Sólo a Ti te rezaré
hasta el día de mi muerte,
comprobando que la suerte,
donde Tú estés, la veré.

Señor mío Jesucristo,
es tu rostro tan sereno
que de tu paz quedo lleno,
ya que nunca me resisto

a rezarte en la mañana
con una dulce oración
que demuestre la emoción
de tenerte aquí en Triana.

Foto: Juan Manuel Labrador