Puerta Osario. Las plazas desiertas. Álvaro Pastor Torres
Estas tardes de feria, cuando muchos sevillanos están en los Remedios al calor de la fritanga rebozada con albero, por eso lo mismo es tan cara; el rebujito, que aunque denostado por los puristas más talibanes del clavel en la solapa ha resultado un gran invento tanto para el hígado como para la cabeza; el ruido ensordecedor de los cacharritos y las calesitas -“quien dijo calle del infierno/ bien supo ponerte nombre”, como cantó por peteneras a Sierra Morena Carlos Cano con letra prestada de Antonio Burgos; o con la última moda de la tómbola, paseada por el canineo local y foráneo (recuerden esa muñeca chochona que tanto juego dio, los sombreritos mafiosos o los megafonitos que en mal día se inventaron, “niño deja ya de joder con el aparatito”), y no sigo, no vayan a pensar equivocadamente que detesto la feria, en estas tardes primaverales decía, tras la tormenta de rigor que asienta el polvo y crea charcos para que en ellos se reflejen las coloristas pañoletas o las guapas amazonas, y los reporteros gráficos se puedan lucir con la foto típica de todos los años, el cielo se llena de nubes algodonosas, y pide a gritos un nuevo Joaquín Domínguez Bécquer o un Sánchez Perrier que venga a pintarlo con los colores de sus paletas decimonónicas.
Es entonces cuando el centro –casco histórico se empeñan en llamarle ahora con esto de las modas-, sobre todo el menos pateado por el turismo que ha logrado esquivar las cenizas islandesas, se queda desierto para hacer más verdad esos dos versos escritos con tan mala leche por Antonio Machado: “Sevilla sin sevillanos/ oh maravilla”. Plazas como la de San Leandro, con su centenario laurel y el pato de la pila tantas veces robado en los últimos tiempos, espacio claro e íntimo “en su sosiego sedante” según Rafael Laffón, que vivió por allí; San Lorenzo y sus plátanos de Indias que montan guardia al azulejo del Señor de Sevilla que proclama en esta nueva Roma triunfante aquello de que “In manu ejus poestas et imperium”; las Mercedarias, donde ya los niños no juegan al toro, o Pilatos, con su Zurbarán cubista “bronce a esquinazos limpios con la tiesura angulosa” entre arboleda maciza (Manuel Ferrand dixit), no son más que silencio y soledad.
Sólo algunas veces el lejano tintineo de los cascabeles de un carro de mulas o el eco de los cascos de los caballos al chocar contra los adoquines a la caída de la tarde, cuando cansados regresan del real, nos recuerda quemás allá del río hay un mundo de mentirijilla, distinto, ficticio, perecedero como un mal beso.
Publicado en EL MUNDO de Andalucía, edición Sevilla, el Domingo 25-IV-2010
Foto: Álvaro Pastor Torres.