Imperturbablemente blanca. Eduardo del Rey Tirado. ABC
El día de la Virgen es el quicio donde se apoya parte de nuestro respirar. Ante Ella, conforme van pasando los años, lo accesorio se diluye concentrándose todo en la imagen imperturbablemente blanca de la Virgen, en cuya mirada vemos despuntar el alba. Otra vez, otro año, el reencuentro con lo que somos, porque «somos lo que fuimos»; el abrazo de luz a nuestros mayores y un beso de esperanza a los que vienen.
Todo se hace preciso, exacto, en torno a Ella. Así es la autenticidad, un breve momento para respirar todo un año; por eso el silencio de respeto y recogimiento a su paso, el cortejo, el recorrido. Sobra lo extemporáneo y el exceso, aunque a veces no se lo parezca a nuestras pupilas, tan dilatadas por falsos destellos de apariencias extraordinarias y empeños por querer «hacer» sin otro motivo que la propia notoriedad. Como le sucede a Sevilla que, reflejo de un mundo occidental «cansado de su propia cultura», se viste últimamente con palabras tan pomposas como tramposas, y mientras sigue mirándose satisfecha en su espejo sucio y roto, vende recuerdos de familia seculares a cambio de que la adornen con flores de un día, sin raíces, sin olor ni color.
Y así, después de siglos, parece consentir que supriman la fiesta de su Patrón San Fernando, lo cual invita a reflexionar sobre el valor que la ciudad da hoy a su propia memoria, a su pasado y a sus raíces.
Y mientras su primer devoto contempla las contradicciones de Sevilla, la Virgen de los Reyes permanece entre nosotros como sacramento de fidelidad, compromiso y coherencia para un tiempo zarandeado por vientos que invitan a desertar, a dudar, a abandonar.
Su iconografía expresa plásticamente las recientes palabras del Papa: «el ser convence y el obrar sólo convence si es realmente fruto y expresión del ser». Y así, coronada por su heroica tenacidad de siglos, la Virgen de los Reyes representa bellamente, hoy más que nunca, la firmeza en la fe de la primera seguidora de Jesús.
Sentada en medio de nosotros, aunque la dejemos sola más de una vez, Ella permanece, porque nos espera, porque nos acompaña, nos escucha y sostiene, como hace con su Niño, imperturbablemente blanca, despuntando el alba en su mirada.