Adviento 2005. Mons. Antonio Ceballos Atienza, Obispo de Cádiz y Ceuta.
noviembre de 2005

Mis queridos diocesanos:
En este tiempo de Adviento de 2005, la Iglesia nos llama a la vigilancia, a la espera y a la conversión. Esta llamada a la conversión y al cambio resulta ser el tema fundamental en la historia de las relaciones entre Dios y el hombre. Si Dios viene al hombre y entra en comunión de vida con Él, el hombre ha de cambiar forzosamente. Si recorremos las páginas de la Biblia este llamamiento resuena en todos ellos.
1. Tiempo de esperanza
El tiempo litúrgico del Adviento es un tiempo de espera, que anhela y prepara la llegada del Señor. Es esperanza lo que más necesitan los hombres y mujeres de nuestro tiempo. No se puede vivir sin tener razones para esperar. En estos tiempos de desesperanza resuena la voz del profeta: “Decid a los pusilánimes de corazón: el Señor viene a salvarnos”. El mensaje de esperanza del profeta se dirige en este tiempo de Adviento a todos, pero desde aquí, particularmente, a quienes no comparten nuestra fe.
2. Cristo vino y viene
Jesucristo llegó en la plenitud de los tiempos y nació de Santa María Virgen en Belén: esto es los que celebramos, un año más, en la próxima Navidad. Pero desde el recuerdo de este primera venida, la Iglesia nos invita a elevar nuestra mirada esperanzada hacia la llegada de Cristo al final de los tiempos, cuando venga con alegría a juzgar a vivos y muertos, y lleve así a término la obra que comenzó en su primera venida.
Entre estas dos venidas del Señor, se da otra llegada permanente y constante de Jesucristo a su Iglesia y al común de los hombres, una venida misteriosa que se produce por la acción silenciosa del Espíritu Santo en el corazón de los creyentes, de la que son vehículos normales la predicación de la Palabra, los sacramentos, la oración.
3. Estar atento y vigilante
El misterio del Adviento llena así todo el tiempo que transcurre entre la primera venida en la humildad del pueblo de Belén y la definitiva en la gloria del Reino de Dios.
Cristo vino, viene y vendrá. Como nos dice la carta a los hebreos: “Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 13, 8). Él es, como dice el libro del Apocalipsis, “el que es, el que era y el que ha de venir” (Ap 4,8).
Estas llegadas de Cristo, que preparan el retorno definitivo y glorioso del Señor, no producen efecto automáticamente. Requieren una respuesta de nuestra parte que se manifiesta en forma de aceptación y de acogida. Debemos estar atentos y vigilantes para que no se produzca el rechazo por nuestra parte: “vino a los suyos y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11), y para que no suceda que en nuestro corazón tampoco haya lugar para albergar al Señor, como no lo hubo en la posada de Belén. Si queremos ser de los que “aman su venida”, de los que recitan de verdad “ven, Señor Jesús”, tenemos que estar vigilantes y atentos, como las vírgenes prudentes y sensatas de la parábola.
4. Falta de anhelo por la venida del Señor
No se puede desconocer que este anhelo por la venida del Señor ha decaído bastante. Nos hemos dicho: “mi Señor tarda en venir” (Lc 12,45); nos hemos instalado en nuestro mundo como si este hubiera de durar siempre. Hemos dejado de vivir la espera del Señor que, de un momento a otro, está por llegar. Ahora en este siglo XXI, es verdad que ya no vivimos tan confiados en que nuestro mundo vaya a durar siempre, pero se han debilitado mucho nuestras ansias de justicia, de bondad y salvación definitivas. Convivimos resignadamente con la injusticia, el odio, la indiferencia y la desgracia.
Pudiera objetarse que una espera muy viva del Señor había de hacernos muy despreocupados por los asuntos de nuestro mundo. Ésta fue la acusación del marxismo a los cristianos, la falta de compromiso serio en los hechos por la justicia de este mundo de acá. Pero esta acusación es falsa. Para el cristiano el tiempo que vive a la espera del Señor tiene un valor incalculable, que no se repetirá, y es tiempo de salvación (cf. 2 Cor 6,15). Lo que en el Espíritu hagamos en favor de la justicia, la paz, el amor de este precioso tiempo que no se repetirá, quedará recogido y transfigurado en el mundo venidero que nos traerá el Señor que está por llegar. Éste es el grito de los cristianos de este Adviento 2005: ¡Ven, Señor Jesús!
5. Marana tha
Hoy, después del último Sínodo, se ha recuperado de nuevo esta invocación para la Eucaristía. Después de las palabras de la consagración exclamamos también: Marana tha, es decir: ¡Ven, Señor Jesús!. Éste es uno de los aspectos irrenunciables de la celebración de la Eucaristía: la comunidad en ella está a la espera de la venida gloriosa del Señor.
Que este año de la celebración del 150 aniversario de la proclamación del Dogma de la Inmaculada Concepción y de la Eucaristía, la Santísima Virgen haga sentir su influencia maternal para que, a su ejemplo, acojamos más auténticamente la llegada de Cristo a nuestros corazones.
Reza por vosotros, os quiere y bendice,
Mons. Antonio Ceballos Atienza,
Obispo de Cádiz y Ceuta