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Jueves pastoreños. La Pastora Dolorosa (II). Francisco Javier Segura Márquez


La pasada semana, pudimos comprobar el fecundo desarrollo de la iconografía de la Pastora Dolorosa, de la cual pudimos conocer su fundamento teológico así como las principales manifestaciones que engloba la representación. Haremos en esta ocasión un recorrido por los misterios de la Corona Seráfica que han generado producción gráfica y obras de arte de diverso carácter y materialidad.

 

En el cuarto Misterio contemplamos a Jesús con la Cruz a cuestas encontrándose con su Madre en la calle de la Amargura. Deteniéndose Fray Isidoro en el especial tormento que aquejó a María Santísima en aquel momento tan cruel de la Pasión de Jesús, era de esperar que las representaciones de la Pastora Dolorosa giraran especialmente en torno a este pasaje, que no recogen los Santos Evangelios pero nos aportan su conocimiento los Evangelios Apócrifos. Hoy compartimos una representación contemporánea, pero de difícil datación concreta porque no lleva implícitos los datos necesarios para su correcta catalogación. En ella, contemplamos a la Pastora Dolorosa en una litografía coloreada en cuyo centro aparece Nuestra Señora, en pie, con los brazos abiertos, vistiendo un vestido de color jacinto y un manto azul celeste. Su cabeza aparece rodeada de un halo de santidad. La vemos al pie de un árbol, evocando sin duda el granado original de la iconografía, situándose al fondo otros árboles, como evocando un vergel en el cual reina María. 

En torno a la Divina Pastora, aparece un numeroso Rebaño de corderos que lleva en su piel, marcada a fuego, la divisa del Ave María, propia de las congregaciones pastoreñas. Algunos corderos se refugian bajo el manto, y otras vuelven la cara hacia Jesús, que en un plano más alejado pasa, vestido con túnica roja, portando la cruz sobre su hombro izquierdo. En el extremo contrario, se reproduce la escena del cordero que está siendo perseguido por el pecado, del cual huye pavorosamente. Al fondo, un paisaje montañoso parece evocar las montañas y collados del Cantar de los Cantares por los que aparece el Esposo. Un cielo cuajado de nubes completa la escena de gran interés para la evolución de la iconografía.

 

En relación al quinto Misterio, que evoca la presencia de la Divina Pastora al pie de la Cruz de la Redención, encontramos dos interesantes escenas. La primera es un grabado, probablemente de origen francés, en el que vemos a Jesús clavado en la cruz pero cuyos pies descansan en el brocal de un pozo o fuente, recordándonos la iconografía del Cristo de la Sangre, realizado por Nicolás de Bussy en torno a 1693 representando el tema del “Lagar Místico” en el que Cristo derrama su sangre y la mezcla con el vino, especie eucarístia en la que el vino queda transustanciado en la Verdadera Sangre de Cristo. Así, vemos en el centro a Cristo, tan sólo cubierto con un paño de pureza, de cuyas llagas en los pies brota un caño de sangre que va a verterse en una especie de tina o pozo, donde se bañan los corderos del rebaño y cuya inmersión facilita la propia Madre del Señor, que los coge en sus brazos y los sumerge en dicha sangre. María luce la pellica de cordero distintiva del Traje y Título de Pastora, mientras su cabeza queda timbrada por velo y aureola, ambos elementos distintivos de su santidad y virginidad perpetua. Aquí también vemos como la Divina Pastora abre los brazos para acoger a los corderos que buscan su Mediación. En el fondo, un paisaje neutral completa la representación.

 

En la segunda representación, encontramos una representación muy peculiar de la Iglesia como cercado o redil, en cuyo extremo una Imagen de Cristo Crucificado, a modo de crucero de mármol, ha tomado vida y se hace carne y sangre clavado en un madero. Su sangre se derrama sobre una piedra que sirve de peana al crucifijo, lo que puede aludir al sacrificio incruento que el altar ofrece tras el último sacrificio con derramamiento de sangre, el de Cristo Nuestro Señor, para abolir la antigua alianza. Dos árboles, que están al borde del cercado, completan un paisaje en el que destaca, a la derecha, la figura de María, vestida de jacinto y azul, que sostiene un cayado y acaricia los corderos de un rebaño que pastan mansamente, en alusión al Sacramento de la Eucaristía. Si nos fijamos bien, hay un cordero que está fuera del cercado, solo y decaído, recordando la figura de la oveja perdida que no ha gozado de los beneficios del sacrificio de Cristo en la Cruz.

 

Las dos últimas representaciones corresponden al sexto Misterio de la Corona de la Divina Pastora, que viene a representar a María Santísima con el cuerpo de Cristo en los brazos. La primera es un grabado que ostenta la siguiente inscripción: “Milagroso Retrato de María Santísima que con el título de Pastora Dolorida llevan por Patrona y Guía los Misioneros Capuchinos de Cataluña. Rezando una Salve y Ave María se ganan 960 días de indulgencia concedidos por los Ilustrísimos Arzobispos y Obispos de España”. En un marco rocalla de interesante factura, contemplamos a la Divina Pastora, vestida con su pellica, sedente a la sombra del árbol con el cayado apoyado en él y la figura del Arcángel San Miguel venciendo al pecado. Hasta ese punto, la representación es en todo coincidente a la iconografía canónica. ¿Qué elementos se aportan para dar mayor verismo a la representación? Tenemos que observar los seis corderos que sostienen en sus bocas las espadas, en lugar de flores, que se han clavado en el corazón de María. A sus plantas, en lugar de flores, los atributos de la Pasión y en el paisaje, abandonando la belleza de los campos, los montes que se abajan compadecidos por la muerte del Redentor.

 

En la segunda representación encontramos un dibujo realizado por el gaditano Luis Manuel Real Guerrero, en el que, por multitud de detalles, podemos colegir que su autor ha asumido amplísimamente la hondura de la representación iconográfica de la Pastora Dolorosa. Sobre un celaje de motivos circulares, inspirado en el que el ceramista Antonio Martínez Adorna reflejó en 1975 tras la estampa de Nuestra Señora de la Encarnación, de San Benito, en el retablo cerámico colocado en su Casa Hermandad. Sobre él, la Divina Pastora, sentada, vestida con su pellica, imitando estrechamente la representación canónica. Son salvedades inspiradas en la libertad interpretativa la presencia de dos ángeles, que en lugar de sostener la corona portan el cayado y el sombrero. La Divina Pastora está sedente ante el árbol de la Cruz, que es un granado de cuyos nudos surgen brotes nuevos, en alusión a la Vida nueva que la Iglesia eterna recibe tras la Pasión, Muerte y Resurrección.  

En lugar de representar a Cristo Muerto, se le ha figurado, en acertadísimo matiz, por un cordero yacente en su regazo sobre un sudario. Dicho cordero porta en su cabeza la corona de espinas y de su costado brota la sangre que un ángel recoge en un cáliz, aludiendo a la Eucaristía. A los pies de la Santísima Virgen, dos corderos, marcados con el hierro de María le entregan unas flores, en recuerdo de la oración del Ave María. La Virgen permanece sedente, sobre una peña rocosa, que evoca la dureza del Calvario. En el dibujo original, sobre el cielo figuran el sol y la luna, representativos de las tinieblas del Viernes Santo, y a las plantas de la Virgen reposan los atributos de la Pasión y puede leerse la inscripción: “Porque en la última hora de su vida el sumo Rey de toda la humana grey nos constituyó Pastora”. El dibujo aparece firmado en 2017. 

Estas han sido las representaciones que hemos querido mostrar a los lectores para difundir la iconografía de la Pastora Dolorosa, que en estos días ha de servirnos para una mejor meditación de los Misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, que fue Cordero inmolado para la Redención del Género Humano. Desde estas líneas deseamos a todos una fructífera Semana Santa y una feliz Pascua de Resurrección.

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