Un capote de Salud para la vida. Antonio Gila Bohorquez
A todos los que se fueron estos dos años para pintar con los colores de San Bernardo el cielo del Miércoles Santo
En los labios de aquel Cristo iban risueñas las peticiones de quien tuvo en sus manos el mismo horizonte incierto de la vida. No saber qué, por qué, cuándo ni cómo. Los labios, este año, temblaban más que nunca pues las noticias no eran buenas. La muerte hizo su particular estación de penitencia en la carne humana de aquel hombre clavado en una cruz de lirio y clavel. Pátina dormida que resbalaba con nitidez las raíces del travesaño de madera que se levanta sobre el monte que guarda escondidos tantos sueños por cumplir. La salud, no sólo es derecho en la vida, es un sueño que hemos de cumplir. La oración de aquel testigo de la enfermedad, aquejaba sudor y lágrimas en cercos sobre la arrugada estampa que prendía sola en la cabecera de la cama. “Quiero verte el miércoles”, decían sus pensamientos de cincel y gubia que tanto golpe le daba en su hastiada mente. La duda, la incertidumbre y el miedo, eran su cirio, su capa y su capirote. Y tras el escudo centrado de su antifaz, un corazón que latía dándole capotes a la vida para sortear con verónicas y revoleras la imprecisa herida por hasta de esta imperfección humana que acoge y reseña con su franca verdad, cada uno de nuestros pasos. “Quiero verte el miércoles”, repetía mientras las uñas adornaban de impaciencia las sábanas de aquel hospital que era casa, capilla y templo. Su rezo, su oración consumida como las páginas de aquella agenda que nunca llegaría a completarse, eran la mejor de sus armas frente a la importuna visita del azaroso dedo que te señala, te escoge y te mira.
Y entre pregunta y pregunta, sus ojos iban convirtiendo la habitación de aquella planta en el sagrario del mismo amor con el que Jesús partió el pan y repartió el vino. Porque en sus manos, en su estampa estropeada por el temor, en sus sábanas arrugadas por la impaciencia, iban reflejados los esbozos de su última Estación de Penitencia. Familiares y amigos, eran la mejor de las colas que esperaban ver un paso. Esperaban en la puerta de la habituación para ser testigos de su serenidad. Veían en su rostro la esperanza de reencontrarse con su Cristo otro Miércoles Santo entre el exquisito fervor de los aromas añejos en los zaguanes de las calles de su infancia. Estaba dispuesto a sacar una nueva papeleta con la que decirle a la vida que su número de hermano es más que un número. Es un canto inefable que abandera el orgullo de haber sido hijo del mismo Cristo y la misma Virgen a los que le rezaban sus padres, sus abuelos y bisabuelos. Aquella devoción que tendrían sus hijos y sus nietos. Estaba dispuesto, aferrando con fuerza y dolor las vías que colgaban de sus brazos para paliar su agonía, a plantar de nuevo sus zapatos negros en los adoquines de aquella Calle Ancha que le marcaban el camino de su particular gloria, la de sus recuerdos, la de su memoria entre melosas torrijas de vino y abrazos compungidos entre hermanos.
Y llegó el ecuador de la semana. “Quiero verte el miércoles” escribía con su mirada en el blanco pálido de aquellas paredes hospitalarias mientras el monitor marcaba la hora nona de su sueño para rasgar en dos un corazón que vestía el entrelazado cordón morado y negro de su vida. Su rostro, ya no temía. Ya no dudaba. Por eso los hombres buenos cierran serenos sus ojos. Por eso el Cristo de la Salud no tiene sufrimiento en su rostro. Por eso, cuando aquel electrocardiograma se hizo plano con el sonido inequívoco del muñidor que marca el final, su cuerpo mostraba paz y ternura. Y es que se estaba vistiendo de nazareno aquella mañana de miércoles con el hábito de sus días. Con los zapatos nuevos que sus recuerdos forjaron en unos pies que contaban las Semanas Santas en el ecuador de cada una de ellas. Ya tenía en sus manos la manigueta de su devoción y la mecida de su costero, era el latido que volvía a llenar de sangre y júbilo las cámaras de su corazón. Su cíngulo bailaba ya por Gallinato dejando impresa la cera de su cirio en el calor del asfalto del puente para enfilar la Alfalfa. Su sed se calmaba en el silencio de la Catedral y ya sorteaba, como siempre, el bullicio de la Alcazaba y el cansancio en la estrechez de Fabiola. Ya se iluminaban sus pupilas como faros en la noche con el destello de aquel foco que los bomberos ponían en su horizonte pintando una Calle Ancha en la que abrazar, otra vez, a los que un día se fueron. Ya era Miércoles Santo y en sus manos estaba el capote de la vida que su Cristo de la Salud le había dejado.
Fotos: Juan Alberto García Acevedo.