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Jueves pastoreños. Acerca de varios santos vinculados con animales (II). Francisco Javier Segura Márquez


Concluimos, con esta segunda entrega del Jueves Pastoreño, la enumeración de santos y santas que, a lo largo de los siglos, se han vinculado de forma especial a los animales de compañía, generando en torno a ellos una singular devoción por estos aspectos. Tras haber recorrido la Iglesia Antigua y gran parte de la Iglesia Medieval, hemos dejado como inicio para esta segunda etapa la figura de San Roque de Montpellier, cuya trayectoria vital algo incierta, ocupa gran parte del siglo XIV, en el cual toda Europa sufrió constantemente las consecuencias de grandes y mortíferas epidemias, como la peste negra que se extendió por el continente entre 1337 y 1340, la cual tuvo importantes rebrotes a lo largo de toda la centuria.

 

Uno de ellos tuvo lugar en 1378, año en que Roque, huérfano de padre y madre, decidió vender sus bienes y peregrinar a Roma. En el camino a Roma desde su ciudad natal, en territorio francés, se encontró con múltiples ciudades en las que la peste causaba grandes estragos, abandonado su idea de peregrinar ociosamente y decidiendo viajar por toda la Península Itálica atendiendo enfermos, curando a muchos de ellos milagrosamente, enterrando a los fallecidos y ayudando en todo lo posible. En Piacenza, al contraer la enfermedad, se apartó de todos huyendo a un bosque cercano. Allí, según cuenta la tradición, sintió necesidad de comer, apareciendo en mitad de la espesura un perro que le llevaba un trozo de pan, lo que ocurrió repetidas veces. Advirtiendo el dueño del cánido las escapadas del animal, lo siguió y encontró a Roque gravemente enfermo, llevándolo a su palacio para cuidarlo hasta que sanara. Vivió por largos años, curando a personas y animales, hasta que fue asesinado como víctima de guerra en su ciudad natal. Se le considera, por toda su azarosa vida, patrón de peregrinos, enfermeros y especial protector de los perros.

 

Años más tarde nació en su pueblecito de la región de Calabria el gran San Francisco de Paula (1416-1507), santo patrón de la localidad y fundador del carisma de los Padres Mínimos, que se extiende a la orden femenina y a los seglares que siguen su regla de penitencia y ayuno cuaresmal permanente, cada uno desde su estado y condición. Francisco de Paula, que desde pequeño había elegido la vida religiosa, conoció la actividad comunitaria de los franciscanos en su infancia y juventud, eligiendo el modelo de la vida eremítica en una cueva dentro de las tierras que cuidaban sus padres. Allí dos jóvenes le solicitaron en 1436 acompañarle en su retiro, iniciando así la orden de su nombre, cuya Regla aprobaría definitivamente Alejandro VI, papa, en el año 1501. 

 

Por aquellos años, San Francisco había recorrido todo el sur de la actual Italia construyendo monasterios y obrando múltiples milagros. Lo mismo había hecho en Francia y en España, donde se fundó su primer convento en Málaga en torno al año 1493, instaurando la devoción a Nuestra Señora de la Victoria, propia de la Orden, como Patrona de la Ciudad y la Diócesis. Entre todas las piadosas leyendas vinculadas con San Francisco de Paula está el cariño que profesaba a un corderito, llamado “Martinello”, que le acompañaba y seguía a todas partes. Durante la construcción del convento en la ciudad natal, el corderito fue sacrificado por los obreros que levantaban la iglesia, cansados de cumplir con la abstinencia de carne que imponía el santo a todos los que formaban parte de la obra. Al ir a buscar al corderito, los obreros no le advirtieron de lo ocurrido: habían cocinado al cordero en el horno, quemando los huesos y todos los restos. San Francisco llamó a Martinello, y milagrosamente el cordero salió del horno balando y buscando a su amo. 

 

Otra leyenda habla de un burrito, llamado de igual manera, Martinello, al cual fue a herrar sin poder pagar el trabajo del herrero, y pidiendo que lo hiciera por caridad. Al negarse el herrero, el burro sacudió sus patas y se quitó las herraduras, resultando un gran prodigio para los que lo contemplaban. Todas estas leyendas nos acercan al cariño y la importancia que tenían los animales en aquel momento para todos. 

 

Un año antes de morir el santo de Paula, vio la luz primera de los cielos de Navarra el inmortal San Francisco Javier (1506-1552), que vino a colaborar con San Ignacio de Loyola en la fundación y expansión de la Compañía de Jesús. Su infancia y juventud se desarrollan en un ambiente de gran beligerancia, durante los años en los que el Reino de Navarra se enfrenta a las ofensivas de la Corona de Castilla por su independencia. Ello conlleva una sólida formación militar para Francisco Javier, que ya en 1528 había abandonado estos caminos y se dirigía a formarse como teólogo en la Universidad de la Sorbona, en París. 

 

Allí conoce a Ignacio de Loyola y, conquistado por su idea de instituto religioso para defender al Papa y a la Iglesia, funda con él, el 15 de agosto de 1534, la Compañía de Jesús, entre cuyos primeros responsables estará el resto de su vida. No encontrará la gloria hasta convencerse de su labor misionera, la cual desarrollaría en Oriente a partir de 1541, con 35 años recién cumplidos. No regresaría jamás, recorriendo la India y llegando a las puertas de China. Allí llevó a cabo una ingente labor evangelizadora, atravesando, por mar y tierra, todas las fronteras para extender el Evangelio como noticia de salvación.

 

Según catholic.net, “en 1545, considerando que su misión en India se había completado, Javier emprende viaje a Malaca (Malasia) y desde allá continúa, en un viaje marítimo de más de 6.000 kilómetros hasta las islas Molucas (Indonesia) o islas de las especias. En cuantos lugares visita, predica y transcribe a las lenguas locales sus enseñanzas religiosas. Las playas de las Molucas son el escenario de la popular tradición del milagro del cangrejo, protagonizado por Francisco Javier. Un día, al ir de isla en isla en embarcaciones rudimentarias, sufren Javier y sus acompañantes una gran tormenta. Para aplacar la tempestad, ora y lanza al agua su crucifijo, sujeto por un cordón. El cordón se rompe, la cruz se pierde en el fondo del mar, y la tempestad se calma. Al día siguiente, cuando atracan en una playa, ven salir del mar un cangrejo que sujeta entre sus pinzas el crucifijo de Javier”. Curiosa intervención de un molusco en esta labor misionera del santo jesuita, cuyo cuerpo reposa en la ciudad de Goa, al oeste de la India. 

 

Otro de los santos de la familia franciscana que venimos a citar en esta entrega es San Francisco Solano (1549-1610), natural del pueblo cordobés de Montilla, y cuyos primeros cuarenta años de vida se desarrollaron en Andalucía. Primero estudió con los jesuitas y más tarde se ordenó franciscano, haciendo sus estudios en el Monasterio de Loreto, de la cercana villa de Espartinas. Después de pasar algunos años en diferentes conventos de su tierra cordobesa, formó parte del contingente de franciscanos que atravesó el océano en 1589 para surtir la misión decretada por el rey Felipe II. Francisco Solano recorrió toda Sudamérica, permaneciendo en muy diversos lugares cumpliendo su labor. 

 

En uno de los pueblos que visitó San Francisco Solano, llamado San Miguel de Tucumán, ocurrió un terrible acontecimiento: un toro bravo saltó del cercado atemorizando a toda la población por su violencia en las embestidas, que aseguraban la muerte de aquel a quien asediara. Enterado San Francisco Solano del acontecimiento, acudió raudo al encuentro del animal, que al verlo, le lamió las manos con gran mansedumbre. San Francisco amarró su asta al cordón del hábito y lo condujo pacíficamente. Es por ello que, además de ser invocado como Patrón de Montilla, se le recuerda como especial protector de aquellos profesionales del cuidado de los toros de lidia. El inmortal Murillo representó esta escena en uno de los lienzos del claustro chico de la Casa Grande de San Francisco. Esta obra pertenece hoy al Patrimonio Nacional y se conserva en el Real Alcázar de Sevilla. 

 

Entre los santos más conocidos de la orden de Santo Domingo de Asís destaca San Martín de Porres (1579-1639), santo humilde entre todos, patrón de los que realizan labores domésticas porque eran las que, como lego, le correspondía llevar a cabo en su convento de Lima, ciudad en la que nació y murió. Su condición de mulato, hijo ilegítimo de una esclava negra con un importante caballero acaudalado de origen burgalés, le obligó a permanecer en las más bajas cotas de la orden, no siendo su pobreza y condición genética óbice para que, sin descanso en su vida, muchos acudieran a escuchar su voz y a orar por las intenciones que Martín proponía a ricos y pobres sin distingo. 

Una de sus grandes obras fue la fundación del Asilo y Escuela de la Santa Cruz, donde acogió a muchos pobres y limosneros que vagaban por las calles de la ciudad. Le ayudó de forma especial el virrey don Luis Jerónimo Fernández de Cabrera, que le entregaba todos los meses una importante ayuda económica para sostener esta obra de caridad. Martín siempre daba ejemplo de humildad y sacrificio, llamando a todos a la conversión y a la renovación de vida. Cuando murió, gozaba de gran fama de santidad y de milagrero, tanto en asuntos de gran calado espiritual como en aspectos mucho más sencillos y anecdóticos. Ocupa su lugar en este serial de santos vinculados a los animales porque, dado su afán de concordia y paz entre todos, gustaba de dar de comer a un perro, a un gato y un ratón en el mismo cuenco, consiguiendo que entre ellos, naturales enemigos entre ellos, reinara la armonía y la paz. Es por ello que, además de sostener la escoba tradicional de su iconografía, a veces lo encontremos con los tres animales conviviendo felizmente en torno a su hábito.  

Su fama de santidad se extendió por toda Lima desde el dia de su fallecimiento. Sin embargo, las rígidas convenciones sociales impidieron que su proceso de canonización se abriera en aquel momento. Tras un largo proceso, en 1763 el papa Clemente XIII lo declaró Venerable, en 1837 Gregorio XVI lo beatificó en Santa María la Mayor y en 1962 Juan XXIII lo canonizó, causando gran felicidad entre la comunidad negra católica. Por aquella larguísima espera, compensada finalmente, fue proclamado patrono de la Justicia Social.  

Su beatificación tuvo lugar en los primeros años de vida religiosa del último de los santos que hoy conoceremos en su vinculación con los animales. Hablamos de San Juan Bosco (1815-1888), fundador de la Pía Sociedad de San Francisco de Sales, más conocidos como “Salesianos de Don Bosco”, cuyo acrónimo lucen tras su nombre todos los sacerdotes que forman parte de dicho instituto. Su vida, entregada plenamente a la educación de la juventud, tuvo en la devoción mariana uno de sus referentes más importantes. Hoy, el título de María, Auxiliadora de los Cristianos, grandemente impulsado desde su santuario en Turín, es una de las advocaciones marianas más difundidas por el mundo, junto al lema sentencioso: “Ella lo ha hecho todo”. 

La labor de la Iglesia tuvo siempre defensores, pero también sufrió diversos ataques en aquella época, en el marco de la complicada relación Iglesia-proletariado que se vivió en Europa en la segunda mitad del siglo XIX. A partir de 1853, Don Bosco se sentirá protegido por la presencia de “Grigio”, un misterioso perro gris de gran tamaño, que le acompaña en noches oscuras y momentos difíciles, apareciendo y desapareciendo súbitamente en muchas ocasiones. Este animal, según cuenta la tradición, se hará presente en otros momentos de peligro que vivieron a lo largo de la reciente historia salesiana. Es por ello que Grigio se considera una especie de “ángel guardián” que envía el cielo a los hijos de Don Bosco. 

En la más estricta contemporaneidad, encontramos una tierna relación con los animales en la figura del Sumo Pontífice. La difusión de las imágenes de sus viajes alrededor de todo el mundo, especialmente a partir del pontificado de San Juan Pablo II nos ha permitido contemplar a los Papas en la cercanía de animales de todo tipo, resultando, especialmente llamativas las imágenes en las que los vemos junto a criaturas exóticas, propias de otros hemisferios distantes del nuestro. Así, el Papa polaco tuvo la oportunidad de sostener en sus brazos a un koala con motivo de su visita a Australia el día 25 de noviembre de 1986, regalándonos una simpática e inédita instantánea. 

Desde el recuerdo a Benedicto XVI, recientemente fallecido, queremos concluir este serial con una curiosa escena, que captaron los fotógrafos para la posteridad. No ha sido el único tigre que han tocado las manos de un Papa, pero esta escena nos resulta especialmente tierna. Una cría de esta raza salvaje recibe una caricia de Ratzinger en diciembre de 2012. Unos meses más tarde, comenzaría su largo período como Papa Emérito, tras haber puesto los fundamentos del interés pastoral de los Papas por la ecología y el cuidado de la creación, que se articuló en la encíclica “Laudato Sì” del Papa Francisco, que también sostuvo sobre sus hombros, a modo de Buen Pastor, el cordero de un Belén Viviente en enero de 2014. 

Concluye así, nuestro recorrido por la trayectoria de tan importantes figuras de la iglesia, en su relación con los animales y mascotas. Oramos a dios por la protección de todas sus criaturas, que son reflejo patente de su amor sobre la faz de la tierra. A María, Divina Pastora que apacienta los corderos del Rebaño de la Iglesia, ponemos por feliz intercesora de nuestra petición.










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