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Los sellos del Gran Poder. Antonio Sánchez Carrasco


Escribí este relato un jueves con toda la intención pues todo empezó un jueves. Tengo la suerte de tener amigos como Santiago por infinitas razones. Es de esas personas que son incondicionales para sus amigos y familiares y que te seguiría y tú seguirías casi a cualquier parte. Y digo casi porque nunca lo sigo al “jueves”, que para los neófitos hispalenses es ese mercadillo que suelen poner en ese día de la semana en la calle Feria.

Y ustedes se preguntarán porqué, bueno realmente se preguntarán ¿por qué?. Pues porque Santi, suelto en medio del mercadillo, es como el sistema de seguimiento de un misil. Busca, rastrea y dispara. Sólo va al mercadillo cuando está de descanso o cuando tiene que hacer un mandado cerca y eso le ha llevado a desarrollar un sistema para en mínimo tiempo saber si los puestos tienen alguna novedad. Es más alguno de los vendedores lo conocen y saben cuales pueden ser sus intereses y lo avisan si lo ven pasar y tienen fotos o postales que pudieran interesarle. Yo lo veo pasar con la velocidad del que tiene prisa, tomándome una Cruzcampo helada de esas que ponen en Vizcaíno, en plena calle Feria, por allí donde pasó el Señor en 2016 de día cuando volvía de la Catedral.

Así encontró los sellos que dan nombre a este relato. Aquellos sellos que la hermandad del Gran Poder editó para sufragar los gastos para la construcción de la Basílica. La tirada de sellos se hicieron por la casa Fournier. Ese nombre me sonaba a algún futbolista que brilló poco en la liga española y sobre todo era un nombre que me evocaba el verano. Todo por ser época de enviar cartas y de partidas de naipes para ocupar las noches tras cenar, para no irse pronto a dormir. Pierre Simón Fournier nació en 1712 y fue el iniciador de la saga de fundidores de tipos de imprenta, ese año ya llevaba el Gran Poder diez años en San Lorenzo. El patriarca de la familia murió en 1768 y su primogénito Francisco siguió los pasos de su padre en Limoges. También en 1768 el Gran Poder celebró su primera novena en San Lorenzo. En 1782 Francisco Fournier emigró a Burgos cuando se veía venir la Revolución Francesa. En tercera generación serán Heraclio y Braulio, hermano e hijo de Francisco los que heredarían su afán por imprimir. Y estaba claro que eran buenos pues será Isabel II quien los nombra litógrafos de la Casa Real. La misma Reina que en 1878 juraría como hermana del Gran Poder.

A finales del XIX la familia de mi amigo Santiago, al que dejé al principio de esta historia y vuelvo ahora, aún estaba desperdigada y es que su abuela Delfina, por parte materna, ya debía de estar en vida por Galicia. La misma señora que se trajo un cerdo al que criaba en el Arenal en su azotea de la calle Pavía en un barrio en el que nadie había pensado ni por asomo aún en hacer apartamentos turísticos. Y la familia de su Padre aún debía de andar por Pasajes, tierra donde su padre nació y aprendió su oficio de maquinista de barco.

El siglo XX trajo al Gran Poder su inclusión en el mundo del cine y es que se estrenó el 12 de enero de 1926 Currito de la Cruz, una adaptación de la novela de Alejandro Pérez Lugin. Rodó en Semana Santa en la Campana con la saeta de Manuel Centeno, en la Cárcel del Pópulo, en el Arco de la Macarena, Francos, Ancha de San Bernardo...y el punto culminante la procesión del Señor, hasta 8000 metros de película que no se usó en gran parte. No permitieron iluminar San Lorenzo aunque algunas zonas del recorrido si tuvieron punto de luz, algo que no gustó a mucha gente. Guardo cierto cariño a esa cinta, pues mi abuelo Tomás aparecía en la película en un instante que volvía de trabajar en la Puerta Jerez, aunque fue en la versión de Luis Lucia algo más adelante.

Tres años después de aquel estreno llegó la familia de mi amigo Santi, al Arenal.

Al principio de la década de los 30 Rafael Lafarque esculpió una imagen del Gran Poder que el torero el “Papa Negro”, iniciador de la saga de los Bienvenida, donaría a la plaza madrileña de las Ventas.

Seguía la historia de la familia Fournier, de los ancestros de mi amigo Santiago y de la hermandad del Gran Poder. Y es que en 1937 los herederos de Heraclio iniciaron la impresión de sellos, en el mes de julio con una tirada sobre el año Santo Compostelano. Poco antes, en 1931, ya el Gran Poder había iniciado el camino hacia su nuevo templo. El 28 de mayo de 1965 se bendijo el nuevo templo, tras una obra que costó tres millones y medio de pesetas. No sería Basílica hasta 1992 y casi veinte años después mi amigo encontró aquellos sellos una mañana de jueves, de esas en las que la calle Feria se convierte en mercadillo.

Epílogo para millenials. Los sellos se usaban para enviar cartas pero los había también conmemorativos e incluso de colección. En mi infancia leíamos tebeos, cómics actualmente; en uno de ellos dos hermanos Zipi y Zape tenían sus aventuras y su padre llamado Pantuflo Zapatilla era numismático entre otras cosas, especialista en sellos. Las cosas de pleistoceno o de alguien como yo que ya digo muchas veces aquello de, “antes todo esto era campo”.

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