Sevilla vivió un Vía Crucis de fe y esperanza con el Cristo de la Misericordia en Santa Cruz
Fco Javier Montiel. La tarde y noche del pasado viernes en la Parroquia de Santa Cruz quedó grabada en el corazón de los fieles como un testimonio hondo de fe y de caridad encarnada. El piadoso ejercicio del Vía Crucis presidido por la venerada imagen del Santísimo Cristo de las Misericordias recorrió las estrechas calles del barrio histórico desde la parroquia hasta el Patio de Banderas y la Plaza del Triunfo, en un itinerario de recogimiento y oración que unió a generaciones en torno a la Pasión de Cristo.

Antes de poner el primer paso en el empedrado, la luz que alumbró la noche no fue solo la de los cirios tradicionales. Un grupo de personas donantes de órganos y de hermanos trasplantados fue invitado a encender las velas de los faroles que precedieron al Señor en su caminar. Fue un gesto cargado de sentido: cada llama, un símbolo de vida, de entrega y de oración por quienes sufren y por quienes dan su vida por el prójimo. En cada chispa prendida, quienes aguardaban sintieron latir con fuerza el corazón del Cristo de la Misericordia, que amó hasta el extremo.

Devotos y vecinos caminaron en silencio tras las estaciones, rezando la Pasión desde la primera caída hasta la crucifixión, meditando cada paso con una mezcla de dolor y esperanza. Las voces de quienes cargaron los cirios eran voces calladas al principio, pero luego se hicieron oración viva. La iniciativa de que fueran donantes y trasplantados quienes encendieron las lámparas añadió a la solemnidad del acto una dimensión de fraternidad espiritual que resonó más allá de las calles antiguas.

Cuando la procesión llegó al punto más hondo de la ciudad, en la plaza donde confluyen el pasado y la fe, cada vela parecía un corazón encendido por la misericordia de Dios. Allí, envueltos por la mirada del Crucificado, los fieles no solo vieron la representación de un misterio sagrado, sino la presencia viva del Cristo que acompaña a los que sufren, que consuela a los abatidos y que hace de la debilidad ocasión de gracia.

El Vía Crucis avanzó entre el murmullo de oraciones, los pasos acompasados y la luz temblorosa de la cera ardiente. Fue una jornada en la que la devoción se hizo visible en cada gesto humilde, en cada mirada al rostro tallado del Señor, en cada corazón que se sabía sostenido por una misericordia que no falla.

Al concluir el ejercicio en el interior de la parroquia, muchos se quedaron un momento más, dejando que los ecos de las letanías y el candor de las luces permanezcan en su espíritu. En aquellos ojos brilló la certeza de que la misericordia de Cristo no solo se recuerda en Cuaresma, sino que se vive y se comparte cuando la Iglesia se hace comunidad que camina, ofrece y enciende su fe en cada hermano.

Mañana, cuando el sol alumbre de nuevo las calles de Santa Cruz, quedará en la memoria de todos la imagen del Señor de las Misericordias acompañado no solo por cirios, sino por la luz de quienes encendieron esperanza para tantos.
Fotos: Joaquín Galán
