El beso que nace desde lo más hondo. Fco Javier Montiel
Sevilla, escucha.
No hay campana que suene más hondo que el silencio de San Lorenzo cuando el Señor del Gran Poder se ofrece en besamanos. No hay palabra más verdadera que la que se calla cuando uno lo tiene delante. Porque allí no se va a mirar. Allí se va a entregarse.
Míralo.
Míralo bien.
Este año viste la túnica de los devotos. Y no es una túnica cualquiera. Es la piel de su pueblo. Es el llanto de la madre, la promesa del hijo, la súplica del enfermo, la gratitud del que volvió a empezar. Cada puntada lleva un nombre. Cada hilo, una historia. Cada pliegue, un corazón que un día se rompió y encontró en Él su consuelo.

Sevilla, ¿lo entiendes?
Lo estás viendo vestido con lo que tú misma le has dado durante siglos.
Y la fila avanza.
Lenta.
Temblorosa.
Como avanza la vida cuando pesa.




Hay manos que se aprietan. Ojos que se cierran. Labios que rezan sin moverse. Y de pronto, el instante. Ese instante en el que todo se queda en nada y solo queda Él.
El beso.
¡El beso!
Ese beso que no es de los labios, sino del alma entera. Ese beso que lleva dentro noches sin dormir, preguntas sin respuesta, cruces que nadie ve. Ese beso que no se explica, porque nace de donde solo Dios alcanza.
Y Él… Él mira.
No aparta la mirada.
No se cansa.
No se olvida.



Mira al que llega roto, al que duda, al que vuelve después de tanto tiempo. Mira y sostiene. Mira y levanta. Mira y espera, siempre espera.
Sevilla, no lo olvides nunca.
Ahí está tu verdad.
Ahí está tu fuerza.



Ahí está tu Señor del Gran Poder, con la túnica de los devotos, cargando no solo la cruz, sino la vida entera de su pueblo.
Y tú… tú solo tienes que acercarte.
Y besar.






Meditación
Señor del Gran Poder,
hoy no vengo a pedirte palabras,
vengo a mirarte.
En tu túnica está mi historia
y en tu mano, mi esperanza.
Déjame besarte el alma
y quédate conmigo
cuando se apague todo.
Fotos: Fco Javier Montiel
