Evocación y Salud. Antonio Gila
Tengo en la memoria aferrada la estampa de los olores de una cocina. La de mi abuela Rosario navegando entre la miel de sus cucharas mientras embadurna con prodigiosa habilidad los panes que acababan de salir de la sartén. En Marqués de Estella, por aquella ventana cuadrangular que da a la calle, los pentagramas nacidos del tintineo de los tenedores y la palas de madera, despertaban los sentidos de cada Miércoles Santo. Era una liturgia establecida que, pesaría demasiado en el recuerdo cuando, hoy, muchísimos años después de aquella estampa, quienes éramos niños, rescatamos a la perfección. Quizás tenga en ese perfil de mi abuela, de su estoica paciencia entre ollas y cazuelas, de su infinita sabiduría para con las antiguas imágenes tridimensionales de la época que se enmarcaban en un dorado barroquismo, el perfil sereno, dormido, silente de mi Cristo de la Salud. Entre los lirios moteados que descansan inherentes entre los claveles, reposan las oraciones de quienes pedimos, quizás, el mayor de todos los deseos. Aquel que exhalan los labios cuando precisamente se debilita nuestro ser. Nuestro cuerpo que, como el suyo, sufre, soporta, padece, experimenta. Porque la vida trae dulzura como la de sus manos y trae amarguras como las de su costado. E igualmente probable sea que, en un barrio que fue sencillo, humilde, pobre, el mayor de los tesoros que se guardaba en las casas era el de una estampa del Cristo de la Salud. La salud, la riqueza que anhelamos en el devenir de cada día y horizonte. Aquel que inscribimos en el rezo cuando los ojos despuntan ante el brillo inequívoco de los dorados de la canastilla que surca Gallinato.
Este año, aquel muchacho que jugaba a la pelota por Cofia para ser delantero del Triaca F. C. y le daba besos a su padre Bernardo en los talleres de la Fábrica de Artillería, está aferrado a la cruz del Cristo de la Salud. Sus manos no llevan los clavos de hierro, llevan las punciones de agujas para la quimioterapia. Su pecho, ninguna lanza de Longinos, sino las heridas ya cicatrizadas de un reservorio. Su mirada, no está entreabierta, sino bien despierta afrontando con una inimaginable e insuperable fuerza, un horizonte que siempre se viste de esperanza. Aquel muchacho que lleva en su memoria más de una torrija de su madre Rosario, mi abuela, es mi padre Antonio. Y hoy, Miércoles, quiere más que nunca, ser lirio escondido en el monte, pabilo encendido en sus tulipas, zanco que sujete las trabajeras de sus costaleros y llamador que levante fuerte al aire un grito de oración y rezo. Un suspiro que auxilie y ayude en el mañana, en el hoy, el aquí. Este año, aquel muchacho que dejaba huellas en el albero del callejón Barrau, quiere ser capa y antifaz negro, túnica morada, cañón de artilleros, Miguelete que gire al viento, sangre que corra por la espalda desnuda, sudario atado a la cintura, potencias de oro que tintineen en la luz del foco de los bomberos y pétalo que toque su encarnadura en calle Ancha. En su fortaleza, la de los músculos de su pecho y brazos mientras duerme en la eternidad de su Cruz, veré la fuerza de mi padre luchando ante la adversidad, la incertidumbre, la inseguridad y la vacilación. Es Miércoles Santo y, aunque la memoria arda e intente llevarme por el camino más corto, mis senderos hoy llegarán al corazón de mi padre. El que late por amor, convicción y servicio. El que gritará, con más fuerza que nunca, el nombre de la devoción hecha hombre que habita en el recuerdo de un barrio que vio sus juegos con la pelota, su casa y a su madre. Salud.
Antonio Gila Bohorquez
