Arte Sacro
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Mística y Devoción: El Cristo de San Agustín aparece representado en las tierras altas de Castilla


WhatsApp_Image_2026-04-09_at_23.05.42_DxOArte Sacro. Sevilla trasciende sus muros. No es extraño encontrar pedacitos de nuestra devoción repartidos por el mundo, pero hay hallazgos que estremecen el alma por su carga histórica y espiritual. En las tierras altas de Castilla, allí donde el frío de Ávila forjó el espíritu de los más grandes místicos, ha aparecido una huella indeleble de la que fuera la devoción más imponente de la Sevilla barroca: el Santo Crucifijo de San Agustín.

Durante una reciente visita realizada por Fray Juan Dobado del convento del Santo Ángel, a la localidad de Fontiveros, cuna universal de San Juan de la Cruz, el azar —o quizá la Providencia— los llevó al coro de la Iglesia Parroquial de San Cipriano. Tras contemplar la pila donde el Doctor de la Iglesia recibió las aguas bautismales en 1542, la vista se pierde en la pared frontal del coro, decorada con una serie de pinturas murales que recrean diversas iconografías marianas y de pasión.

Una iconografía inconfundible

Al acercarse, el corazón late con fuerza al reconocer un perfil familiar para cualquier cofrade sevillano. No cabe duda: es Él. Entre las sombras del coro emerge una pintura que reproduce con fidelidad absoluta la iconografía del Cristo de San Agustín.

La obra, que puede datarse en la segunda mitad del siglo XVII, muestra todos los atributos que hicieron de esta imagen el referente devocional de la ciudad de la Giralda:

  • El querubín: A los pies de la cruz, sosteniendo el cáliz que recoge la Sangre bendita.

  • Las lámparas votivas: Flanqueando la imagen, tal y como se presentaba en su altar del antiguo convento agustino.

  • El faldellín característico: Esas enaguas de encaje que marcaron una época en la escultura sevillana.

La devoción que saltó fronteras

Resulta fascinante comprobar cómo la devoción al "Santo Cristo", aquel que libró a Sevilla de la peste y al que la ciudad acudía en rogativas por la sequía, caló tan hondo que su estampa viajó cientos de kilómetros hasta asentarse en el corazón de Castilla.

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En pleno siglo XVII, mientras Sevilla se rendía a los pies de la talla de la calle Oriente, un pincel anónimo plasmaba su efigie en Fontiveros, uniendo espiritualmente la mística de San Juan de la Cruz con el fervor barroco hispalense. Un hallazgo que nos recuerda que el patrimonio de nuestra tierra no entiende de límites geográficos cuando la fe es la que guía la mano del artista.

Fotos: Fray Juan Dobado









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