Advocaciones marianas de Gloria de la Colegiata del Salvador (y III). José Roda Peña
Nuestra Señora del Rocío. La imagen de la Virgen del Rocío fue cedida a la iglesia del Divino Salvador por la familia de D. José Anastasio Martín Romero, cuando aquélla estaba regida por el Padre Juan Luis Cózar y Lázaro (entre 1917 y 1927), que con anterioridad había sido párroco de Almonte.
Se desconoce quién pudo ser el autor de esta veraz interpretación de la popularísima Patrona almonteña (1,55 m.). Lo que sí sabemos es que fue sometida en 1952 a una substancial intervención por parte de Sebastián Santos Rojas, quien estampó su firma y la aludida fecha en la espalda de la Virgen. Ha sido restaurada en el ano 2002 por Juan Manuel Miñarro quien, entre otras actuaciones de resanamiento, le ha incorporado un nuevo candelero y juego de brazos articulados.
Es titular de la Pontificia, Ilustre y Fervorosa Hermandad de Nuestra del Rocío de Sevilla, fundada en 1934, aunque no fue hasta Pentecostés de 1951 cuando verificó su primera Romería. Esta efigie sale procesionalmente cada noche del 22 de diciembre bajo un templete de metal plateado labrado por Villarreal, cuyo diseño se inspira en el trono original de la Blanca Paloma.
La imagen ocupa la hornacina central de un retablo de estípites que puede fecharse en 1742, consagrado otrora a los Santos Arcángeles, presididos por San Miguel, cuya escultura figura hoy en el ático del vecino retablo de Santa Ana.
Nuestra Señora de la Aguas. La devoción a la Virgen de la Aguas entronca con las mismas raíces fundacionales de esta Iglesia Colegial, atribuyéndosele por consiguiente un origen fernandino. En efecto, una venerable tradición, inalterablemente mantenida durante siglos, afirma que la imagen mariana fue una donación del Rey San Fernando cuando consagró al Salvador del mundo la mezquita de lbn Adabbás, asignándosele probablemente para su culto una capilla en la zona del antiguo mihrab islámico, como se hizo en la Catedral con la Virgen de la Antigua.
Se nos han transmitido diversas versiones sobre el origen de su titulo: para unos, el Santo Rey quedaría tan impresionado por su perfección y belleza, que estuvo "entre dos aguas" a la hora de aceptarla como la más cumplida representación de la Madre de Dios, aparecida al monarca en un momento crucial de la Reconquista de Sevilla. Para otros, como el Abad Alonso Sánchez Gordillo, "la invocación de "las Aguas" se ocasionó de que en una avenida del río o inundación, que sucedió el año de 1332, llegando el agua del río a lo último de la calle de la Mar, se llevó esta santa imagen de la Virgen Santísima en procesión y le quitaron al Niño Jesús, que llevaba en los brazos, un zapatillo del pie derecho y lo echaron en las aguas, y luego al punto se vio que las aguas se retiraron y retrasaron atrás; de manera que antes que volviese la procesión estaba ya la ciudad libre de aquel peligro y de allí se llamó en adelante la imagen de Nuestra Señora de las Aguas".
Hasta el mismísimo Miguel de Cervantes se hizo eco del arraigado fervor popular que despertaba esta efigie entre los habitantes de la populosa urbe, emparejándola en su "Rinconete y Cortadillo" con la máxima advocación cristífera de la ciudad, el Santo Crucifijo de San Agustín. En múltiples ocasiones se testimonia la protección que la Virgen de las Aguas dispensaba a las gentes del mar. Como simple botón de muestra, nos referiremos al suceso acaecido el 9 de noviembre de 1626, cuando acudieron presurosos al templo Colegial el veinticuatro Melchor de Herrera y el jurado Gaspar de los Reyes para comunicar a los canónigos, en nombre del municipio hispalense, que se había recibido una misiva del Rey, avisando de que poderosos enemigos se habían presentado en las costas andaluzas para adueñarse de la plata transportada en los galeones procedentes de Indias. Junto a las necesarias disposiciones defensivas, querían impetrar el favor de Nuestra Señora de las Aguas dedicándole un novenario en la capilla mayor. Felizmente, y tras celebrarse las fiestas de rogativas, los bajeles llegaron a España sin contratiempos.
Tal y como afirma Messía de la Cerda en 1594, la Virgen de las Aguas debe considerarse un "devotísimo traslado" o "un retrato natural de la que la iglesia mayor venera en aquella famosa capilla que está a las espaldas del altar principal, a quien los de este pueblo llamamos comúnmente Nuestra Señora de los Reyes". En efecto, la hermosa Virgen de los Reyes, prenda devocional de Fernando III el Santo, inspiró una nutrida serie de copias y versiones, entre las que debe situarse a la Virgen de las Aguas. Ésta ofrece unos rasgos más naturalistas y populares que los de su aristocrático modelo, mucho más refinados y apegados a una rigurosa geometrización formal de tradición altomedieval. Sin poder rechazarse de manera rotunda el posible origen fernandino del icono del Salvador, parece más plausible, como piensa Gómez Piñol, adjudicarle una cronología algo posterior. Sin duda, su cabeza y sus manos de "tenedor" son las partes más antiguas de la imagen, que se ha visto sometida a continuas manipulaciones y remozamientos. Recientemente, se ha logrado fechar la cabeza del Niño Jesús en el año 1583, cuyo viguroso tratamiento plástico se relaciona con el quehacer de Jerónimo Hernández, mientras que el resto del cuerpo, articulado en sus piernas, puede situarse a mediados del siglo XVII. Por otra parte, el maniquí de la Virgen, de precisa anatomización en su torso, es producto de una reforma dieciochesca. También conocemos el resanamiento que le practicó en la decada de 1960 el escultor José Paz Vélez y, últimamente, la rigurosa restauración de Juan Manuel Miñarro López entre 1996 y 1997.
La imagen de Nuestra Señora de las Aguas, titular de una Hermandad -extinguida a finales del siglo XVIII- que estuvo integrada en buena parte por el clero de la Colegial, pero también por seglares, procesionaba antaño el día de su festividad, el 8 de septiembre. De este recorrido de la Virgen "alrededor de la iglesia por la parte de fuera como es uso y costumbre" se tienen abundantes noticias documentales desde el siglo XVI. A la procesión seguía un solemne octavario celebrado en la capilla mayor. La última salida regular se verificó en 1930; posteriormente, se ha realizado en 1948 y desde 1972 a 1977. Como es bien sabido, su palio de tumbilla sirvió de modelo al arquitecto Juan Talavera y Heredia cuando diseñó en 1924 el de la catedralicia Virgen de los Reyes.
El conjunto formado por el camarín, oratorio y retablo (talla de José Maestre, 1726-1731; esculturas de San Leandro y San Isidoro por Felipe de Castro; dorado y estofado de Francisco José de Lagraña, 1753-1755) donde se halla entronizada la Virgen de las Aguas, en el lado de la Epístola del crucero, constituye una de las empresas artísticas más sobresalientes de cuantas se acometieron durante el siglo XVIII en la nueva fábrica Colegial.
Inmaculada Concepción. En el contexto de la derruida Colegial-mezquita gozó de especial consideración artística la capilla de la Concepción, cuyo patronato ostentaban Rodrigo del Castillo y su esposa Francisca Gómez. Como señala Gómez Piñol, un recuerdo de su ubicación originaria lo tenemos en la discreta pintura mural dieciochesca de la Inmaculada que se conserva en la pared lateral del altar de la Virgen del Rocío.
El testero de aquella capilla quedaba presidido por un retablo pictórico de finales del siglo XVI, del que ha logrado subsistir la tabla principal de la Inmaculada (1.70 x 0,92 m.), firmada por Cristóbal Gómez en 1589, que se conserva en el Palacio Arzobispal. Iconográficamente responde al modelo de la Tota Pulchra, pues alrededor de la efigie mariana se inserta la simbolización renacentista de los poéticos atributos lauretanos.
Foto: Juan Alberto García Acevedo
