Arte Sacro
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Pirámide de Luz, Amargura Coronada. Francisco Javier Segura Márquez


Como un rayo de luz detenido ante nosotros. Como un trueno benevolente que hace arder la leña seca de nuestros corazones de corteza dura. Como un haz del sol que entra cuando San Genaro y la ilumina y la viste de resplandores. Así, pero sin que el sol intervenga más que para matizar como puede la tarde gris de Noviembre.

Así te vi y te encontré, María Santísima, mientras me acercaba al presbiterio donde no quedaba espacio para nadie más. Tú, altísima, mujer grande y mujer fuerte, alzada sobre el pecado y la muerte, vestida con tus galas, distraída en el mismo rincón de siempre. Así estabas, Amargura, en este año en el que vuelves a pedirme que acuda a ese compromiso que firmamos tal día como hoy hace ya siete años. Cincuenta y siete. Cincuenta de tu coronación, siete desde que jóvenes y mayores, niños y veteranos, recién llegados y asolerados, volvimos a recoronarte sin que hiciera falta separar, luz con luz, misma materia, la corona de Cayetano de tu cabeza.

No puedo olvidarlo, y al recordarlo aprieto fuertemente los tendones de mis manos intentando que no se me escapen más detalles de la memoria. Tú nos dejaste claro en 2004 que tenías la respuesta de todas las dudas de los que entonces niños, ahora jóvenes, podíamos plantearnos.

No se acaban las preguntas hoy, pero formularlas a tus plantas, pudiendo mirar tan bien tu rostro, pudiendo descansar sobre tus manos tantas incertidumbres…nos sigue pareciendo un sueño. Hoy, hoy cerraremos este fin de semana elástico en el que tiempo se distrae y no quiere más calendario que el correr de las estampas de tu rostro de la mesa a las manos de los fieles. Así contamos el transcurrir de las horas en San Juan de la Palma. Y volvemos a mirarte y a querer que nos respondas…y en tu Silencio Blanco nos dejas anonadados.

Pirámide de luz, acantilado dulcemente pedregoso, en el que un mar de flores se detiene, no dejando que las olas de la ingratitud te salpiquen ni siquiera el borde de tu manto. Cordillera altísima, cima y collado; torre que se eleva ante nosotros y nos invita a mirar a lo alto, a mirar a través de ella la grandeza del Creador. Así nosotros te vimos y te vemos, y te seguiremos mirando mientras el cordón rojo y blanco de nuestra medalla nos una con la efigie que vemos reflejado en el metal que, de tan diversas maneras, nos sirve de escapulario. Tu Amargura nos impulsa, y nos hace olvidar las tristezas de esta tierra que muchas veces sentimos que no nos pertenece hasta que no atravesamos el atrio y por la ojiva entramos para visitarte en tu casa.

Puedes con el pesimismo, vences la tribulación, machacas la impiedad de los que se acercan y vuelven compungidos por “esa expresión llorosa”. Esas son nuestras armas para luchar contra el mundo que intenta engullirnos y encerrarnos para que nuestra voz no se oiga. Pero tú lo consigues todo, y nosotros contigo. Por eso, una vez más, y sin poderlo callar, Madre Santísima de la Amargura, te pido que veles por todos aquellos responsables de que tu hermandad siga siendo un modelo de elegancia y de fraternidad, que la una sin la otra son mujeres de mal arreglo. Tómanos a nosotros, servidores y hermanos de base, cofrades de la Amargura, y conviértenos en altavoces de esa comunidad de amor que vive en nuestra casa.

Ahora dejarás tu manto de salida, tu corona de oro; quizás vistas el manto azul Prusia que Santa Bárbara te ofreció, o lo cambiarás por otro del selecto ajuar con que te adornas. Tú siempre serás nuestra Reina, y siempre acabaremos pensando aquello que me quise callar, y al final no puedo: ¿Qué encontraste en mí para hacerme tuyo? ¿Qué te di, qué me das, qué me pides, que me ofreces…que no hay quien me saque de esta entrega? No hay quién responda, porque su Amor no es capaz de hablar, sólo es capaz de llorar amargamente. El amor de la Amargura nos habla con su Silencio.

Foto: Juan Alberto García Acevedo









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