A través del antifaz. Conversión en el Calvario. Alberto De Faria Serrano
Hay personas que nunca escuchan la voz de Dios pese a asistir a misa casi a diario. Hay otras que se alejan de Él a medida que mas tiempo pasan entre las sacristías de nuestros templos. Reaccionan a tal modus operandi; que no conozca tu mano derecha lo que hace la izquierda. Su conducta les delata. Su semblante les señala. Por el contrario, hay otras que pese a sus defectos humanos y sus tentaciones redimidas, se esfuerzan a diario por mirarle fervientemente allá suspendido en su madero. Anclado de los clavos de la Santa Iglesia. Desvencijado a su inercia mortal, Marchito en el Gólgota. Glorificado en su altar de la Magdalena, y como el agua bendita que refresca la pila bautismal, señor y dador de vida a todos aquellos que están presurosos y deseosos de escucharle a través de todo y de todos. Pongamos un pone que diría aquél.
Recomiendo postrarse una mañana clara, soleada, de estas tibias de vísperas del mes de marzo a sus pies. Allí podemos compartirle lo ingratos que somos los hombres y con mas motivo, los cofrades; cuando siempre estamos quejándonos de lo que nos pasa, de nuestras cargas y nuestros dolores, de nuestras preocupaciones y privaciones; y por si no fuera poco, juzgando el lugar de aquella jarra en aquel besamanos, aquél estreno de canasto, aquél repertorio definido, aquél cortejo litúrgico, aquella túnica de aquél color de aquél día. Y todo ello, mirando su sereno semblante. Su inerte y dulce expresión en el Calvario, nada de lo que pasemos, por grande que pueda parecernos, se compara con lo que Él padeció por Amor a nosotros. De repente, cruza el presbiterio un nítido rayo de luz que inunda de pureza y de magnificencia todo el retablo mayor y la escena de la Conversión de San Pablo adquiere pleno significado. Es como si la mano de Dios se posara en el Evangelio mismo. Como si Él nos respondiera de modo directo. Como si Él nos enseñara el camino.
Como decía la oración;
No podemos quejarnos de que tenemos los pies cansados cuando vemos los suyos destrozados.
No podemos mostrarnos nunca las manos vacías cuando vemos las suyas llenas de heridas.
No podemos recriminarle nuestra soledad cuando en su cruz tan alzado y solo está.
No podemos suplicarle amor cuando le han atravesado y rasgado el corazón.
Basta con mirarle desde abajo en su Calvario para aprender que el dolor es sólo la llave de la puerta que abre las puertas de su eterna mansión.
A treinta escasas lunas para que crepite su hirviente cera derretida por amor, de las tinieblas de sus hachones en el frío mármol de nuestras conciencias.
Foto: Juan Alberto García Acevedo.