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Y la leyenda entro en la historia en la obra de Joaquín Turina y Areal


José Fernando Gabardón de la Banda. Las leyendas en Sevilla se hacen historias, y las historias se hacen leyendas. Es posible que en la composición que el pintor Joaquín Turina y Areal se refleje la narración de aquel escultor que se sentó en la plaza para admirar su propia obra, la que había salido de su taller. No hay ningún fundamento histórico, ningún documento que lo acredite, pero el pintor sevillano decimonónico dejó inmortalizado al genial escultor Martínez Montañés visualizando el paso del Cristo de la Hermandad de Pasión. Una obra realizada en 1890, hoy conservada por la propia Hermandad, se ha convertido en una de las ilustraciones más divulgada de un escenario costumbrista de la Semana Santa de Sevilla.

Se trata de una composición de corte costumbrista, en la que el pintor ha captado una instantánea excepcional como es la salida de una cofradía, en la que ha sabido plasmar toda la escenografía que conlleva este momento. El paso del Nazareno de Pasión con el Cirineo que acabe de iniciar la estación de penitencia, con la portada de una iglesia gótica-mudéjar al fondo, excepcional marco que realza aún más el grupo escultórico, mientras que el cortejo procesional camina hacia las calles aledañas perdiéndose los últimos nazarenos en el horizonte. Un grupo de religiosos, junto con un grupo de acólitos, entre ellos dos incensarios contemplan la escena. El escultor sentado, queda acompañado de unas mujeres arrodilladas en actitud de oración, a los que se le unen un grupo de caballeros que se quedan extasiado ante la fuerza visual que respira el grupo escultórico. Algunos autores creen que fue el relato de Acisclo Antonio Palomino (1655-1726), el que inspiró en la configuración del lienzo al narrar que siempre que salía esta cofradía, el maestro escultor acompañado de sus amigos se presentaba al encuentro de la efigie, admirando haberla ejecutado tan expresiva y devota.

Se podría considerar esta obra como una composición costumbrista sin más pretensiones que una mera reproducción histórica de tintes costumbristas, pero posiblemente la obra preste a un análisis de más consideración, y más su propio autor. Nació en Sevilla en 1847 en el seno de una familia de clase media, formado en la Escuela de Provincial de Bellas Artes, formándose con artistas como artistas como Manuel Cabral Aguado Bejarano (1827-1891) y Manuel de Ussel de Guimbarda (1833-1907). Casaría con una mujer de Cantillana, Concepción Pérez, del que nació uno de los más famosos músicos españoles de todos los tiempos, Joaquín Turina.

No se conoce por desgracia una amplia producción de su obra, pero no cabe desdeñar algunas de sus escenas costumbristas como pueden ser las actualmente conservadas en el Museo Thyssen de Málaga como la Plazuela sevillana, la Plaza de la Alfalfa, en la que recrea un precioso mercadillo de flores, o la conocida con el nombre En el Mercado, que recrea la puerta del aceite, con un variopinto mundo de personajes populares, o la conocida como Salida Triunfal de la Maestranza de Sevilla, con la vistosidad propia del auge que el mundo taurino estaba viviendo en este momento. Se trata de obras vistosas, de una cuidada luz que ilumina todos los escenarios, recreando un mundo de alegría y atracción visual que se tenía de la ciudad de Sevilla a finales del siglo XIX.

Otro de los géneros más divulgado de la época, el cuadro de historia, lo cultivó en varias ocasiones entre los que realizaría la ronda nocturna encontrando al cadáver de Escobedo, Un episodio de la sublevación cantonal de 1873, o Quevedo recitando ante Felipe IV en la línea de las composiciones de esta temática de esta época. Sin embargo, el pintor no quedaría encajado en estos géneros, sino que en algunos momentos supo concebir las innovaciones estilísticas que le podían proporcionar como algunas acuarelas como la famosa Mujer de Mantilla, un tema que comenzó a tener una amplia divulgación a finales del siglo XIX, a los que habría que añadir escenas de tipo orientalista, muy en la línea de Fortuny.

Participó en varios certámenes como fue el caso de la Exposición Nacional de 1881 e incluso uno internacional, la Exposición de Chicago de 1893, con un cuadro de historia, Desembarco de Colón en Palos a su regreso de América.

En este contexto esta composición dedicada al Cristo de Pasión podemos considerarlo como una de sus mejores creaciones, probablemente realizada como una exaltación montañesina en unos años en que comenzaría valorarse en la historiografía artística al escultor nacido en Alcalá la Real (Jaén), habiéndose ya considerado uno de los hijos ilustres de Sevilla en la galería que realizaría en estos años Antonio Susillo para ornamentar el Palacio de San Templo, la casa residencial de los Duques de Montpesier. Incluso habría que añadir que el pintor quiso resaltar la propia imagen del Cristo de Pasión, ya situado en la Iglesia del Salvador, en la que la historiografía sevillana cada vez puntualizaba con una mayor precisión la propia autoría hoy inconfundible del Cristo. Cabe por consiguiente reconsiderar que más que una estampa religiosa, en la obra de Turina se ve más un homenaje a un acto devocional sobre una hermandad, al que desconozco si pudo haber pertenecido. 

Dedicado a José Luis Cabello Flores, Hno mayor de Pasión.

José Fernando Gabardon de la Banda. Profesor de la Fundación CEU San Pablo Andalucía. Doctor en Historia del Arte. 

Foto: Fco Javier Montiel










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