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Calles que hablan: Alameda de Hércules. Álvaro Pastor Torres


 Regaera en el reino de los Gallos.

Que el pueblo es más sabio de lo que se creen los ilustrados da fe el que a pesar de llamarme oficialmente desde 1845 Alameda de Hércules, los sevillanos rancios aplican el plural y me citan como Alameda de los Hércules –del Conde de Barajas, pero esto último ya es sólo para los que buscan nota-, pues el mitológico personaje de la docena de trabajos comparte protagonismo con un olvidado Julio César, que muchos siglos antes de que lo subieran a su columna ya había calado bien a los volubles hispalenses tras varios garbeos por aquí entre el 69 (hablando de la Alameda no podía ser otro año) y el 45 a.C.: “vuestro odio hacia la paz ha sido siempre tal que nunca han podido ser retiradas de esta provincia las legiones. Para vosotros los beneficios son injurias y las injurias beneficios”.

Brazo del río Betis a extramuros de la romana Híspalis; cauce desecado al incluirse dentro de la cerca musulmana; laguna infecta en el medievo cuando don Pedro El Justiciero mandó quemar en la Cruz de la Tinaja a doña Urraca Osorio y allí que se tiró a la pira su fiel sirvienta Leonor Dávalos para que no se le vieran las enaguas, y revoltijo inmundo de aguas y escombros hasta que en 1574 el conde de Barajas se tomó en serio mi urbanización para convertirme en un paseo con varias hileras de álamos, tres fuentes renacentistas y dos columnas traídas del templo romano de la calle Mármoles –una tercera se partió por el camino- con Hércules el fundador (trasunto del emperador Carlos V “que mucho más allá de las columnas de Hércules, dilatada su gloria por el nuevo mundo, terminó su imperio”) y Julio César (Felipe II, “Óptimo Príncipe que ha ennoblecido esta ciudad”).

 Si hemos de creer a Santiago Montoto, el mejor biógrafo que ha tenido Sevilla, sólo fui “decente” pocos años, ya que no mucho después de mi urbanización en el siglo XVI, la vegetación sembrada creció con tanta exuberancia por los antecedentes húmedos del paraje que esto se convirtió en un bosque lleno de ladrones, pícaros de la calle Feria y mujeres de vida airada. Y es que como señala Antonio Burgos en su Guía Secreta al puterío sevillano siempre le dio por asentarse en las lagunas, primero en el Compás de la Mancebía (Molviedro, Castelar, Quirós), cerca de los marineros que desembarcaban en el puerto, y después en esta mi Alameda y calles adyacentes con nombres de lo más sugerente: Vulcano (fuego puro de fragua interior) , Niño Perdido (y hallado después de terrible búsqueda en una accesoria de la calle Llerena con olor a permanganato) o Mata (del monte de Venus). El gran Lope de Vega, experto en todo tipo de lechos, ya lo dejó escrito: “una tarde en la Alameda/ y otra tarde al Arenal”.

No sé si los “modelnos” estos que se están cargando Sevilla habrán incluido en el catálogo del mobiliario urbano las sillas de la calle Joaquín Costa, Barco o Belén, eso sí que es un muestrario y no las de Quidiello: enea, madera, tapizadas en escay, de playa, y últimamente, las de plástico. De puertas adentro: una mesa-camilla, la estampa enmarcada de la Macarena –aunque me debo a tres parroquias distintas: San Lorenzo, San Martín y Omnium Sanctorumy el retrato del doctor Fleming, que tanto hizo por los toreros y por el puterío en general.

No es vanidad, pero he servido de modelo a otros paseos del mundo. Don Antonio María de Bucarelli y Ursúa, hijo de los marqueses de Vallehermoso y XLVI virrey de Nueva España, que había nacido en la cercana calle de Santa Clara, concluyó la reforma dieciochesca de la vieja Alameda en la Ciudad de México, y mandó levantar con hileras de árboles y también tres fuentes - ¿les suena esto?- el “Paseo Nuevo” que aún hoy sigue llevando el apellido del sevillano, algo difícil tras tantas revoluciones y cambios.

De flamenco y toros podría escribir varias enciclopedias, pero aquí no caben. También de murguistas: Reagera, Manolín, Escalera, Carabolso, Pepineti, Garabito, Revoltoso, Pujales… albañiles, pintores de brocha gorda, zapateros o ajustadores que en las noches de verano alegraban la Alameda o el Prado con sus letras chispeantes y su humor tirando a grueso, con letras de doble filo en las que unas modistillas besaban la porra del guardia municipal o unos negros tenían el alma –o acaso el “arma”- blanca. Y no digamos de inundaciones, con esas barcas de socorro navegando entre las columnas y azulejos del hasta aquí llegó la riá del año tal.

Pero nada tan impresionante como ese 19 de mayo de 1920 cuando llegó José tras la tragedia de Talavera en su caja regia de ébano y plata. Crespones negros colgaban de los Hércules en mi Alameda y Juan Manuel había vestido a la Esperanza de luto.

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 LAS MIL Y UNA REFORMAS

Entre mi primigenia urbanización, ordenada por el I conde de Barajas, asistente de Felipe II en Sevilla, y la última, de cuyo resultado no quiero acordarme, han mediado otras muchas, unas más afortunadas y otras menos, pero ninguna tan mala como la que me acaban de perpetrar. El ilustrado asistente Larumbe (1764-65) mandó poner más fuentes, asientos, alcantarillas y dos columnas rematadas por leones para cerrar el paseo. En 1801 se cegaron las zanjas laterales gracias a una cloaca general. La pila del pato llegó desde la plaza de San Francisco en 1852 y se la llevaron al Prado en 1942. Entre 1860 y 1870 se alineó todo mi espacio según un proyecto de Balbino Marrón. En 1865 conocí el primer quiosco de agua. Siguieron las reformas en 1911, 1936 y 1950. Los adoquines aparecieron con el tranvía a principios del siglo XX, el asfalto en 1970 y los chorritos lavacoños no hace mucho. 

VECINOS ILUSTRES

Gabriela Ortega y Feria, “la señá Gabriela”. Gaditana nacida en 1862. Bailaora en el Café del Burrero, donde la conoció el torero Fernando “El Gallo”. Ante la negativa de la familia a casarla, el diestro la raptó y se la llevó a Madrid; allí tuvo a su primogénito: Rafael. Después vendrían dos varones más, Fernando y el gran José, y tres niñas, Gabriela, Trini y Dolores, esposas de El Cuco, Manolo Martín Vázquez e Ignacio Sánchez Mejías respectivamente. Falleció en su casa de la Alameda el 25 de enero de 1919 mientras la Niña de los Peines consolaba a Joselito y Caracol “el del bulto” hablaba de toros con Rafael.

Lázaro Fernández Angulo, marqués de Esquivel. Mandó construir al arquitecto Joaquín F. Ayarragaray en 1861 un palacete afrancesado conocido originalmente como El Recreo de la Alameda pero que el pueblo pronto bautizó como La casa de las Sirenas por las dos esfinges que custodiaban la entrada.

  

Manuel Jiménez “Chicuelo”. Matador de toros sevillano. Su hijo y sus nietos, también vinculados al mundo del toro, siguen siendo vecinos de la Alameda.

Adelita Domingo. Profesora de canto y baile –fue discípula del maestro Pericetnacida y criada en el Teatro San Fernando. De su estudio han salido moldeadas estrellas de la talla de Paquita Rico, Rocío Jurado, Pastora Soler o Tamara. Lleva enseñando desde que tenía 12 años.

Publicado en El Mundo de Andalucía, Edición Sevilla, el Lunes 30-VIII-2010

Fotos: Archivo Víctor J. González Ramallo y Álvaro Pastor Torres.








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