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Liturgia. La indumentaria de los obispos. Jesús Luengo Mena


 Al hilo de algunos comentarios leídos y oídos sobre el atuendo que el arzobispo y el obispo auxiliar vestían en el Vía Crucis del Año de la fe, celebrado en la catedral sevillana el pasado 17 de febrero, vamos en este artículo a analizar uno de los elementos materiales que forman parte de la Sagrada Liturgia, como son las vestiduras sagradas y otro tipo de vestiduras no litúrgicas que usa el clero y, particularmente, los obispos.

En primer lugar hay que decir que la indumentaria de los ministros depende, en primer lugar, bien de si van a realizar alguna acción litúrgica o bien en el resto de los casos. De igual modo, no es lo mismo oficiar alguna ceremonia litúrgica que estar presente en ella, como uno más del pueblo. Cualquier ministro ordenado puede estar presente en una eucaristía, por ejemplo,  sin presidirla ni concelebrar.  

Así, los ministros participantes en una celebración litúrgica, se revisten para ejercer su ministerio con las vestiduras sagradas, que es como hay que llamarlas y reservar el nombre de ornamentos para los elementos que adornan el altar y el presbiterio. Las vestiduras sagradas juegan un papel importante  en la celebración, con su propia pedagogía.

La vestidura litúrgica básica, desde el presidente de la celebración a los acólitos, es el alba –túnica blanca–, que debe ir con cíngulo si no queda de por sí suficientemente ceñida al cuerpo, y con el complemento del amito si se precisa, ya que su función es cubrir el cuello. Los presbíteros llevan sobre el alba la estola –tira de tela de uso común para todos los ministros ordenados– colgada al cuello con el color litúrgico que corresponda. Los diáconos llevan la estola atravesada, desde el hombro izquierdo, pasando sobre el pecho, hacia el lado derecho, donde se sujeta a la altura de la cintura

La casulla es propia de los presbíteros y la debe llevar, obligatoriamente, el ministro ordenado que preside la celebración. A los sacerdotes concelebrantes les está permito prescindir de la casulla, pudiendo vestir solo alba con estola.

Tanto la estola como la casulla tienen su color litúrgico propio del tiempo.

Además, existen otras vestiduras litúrgicas, que no son objeto de este artículo.

Así pues, cuando el obispo celebra, se reviste litúrgicamente como se ha descrito para los presbíteros, aunque en ocasiones más solemnes puede llevar la dalmática, blanca, debajo de la casulla, además de sus insignias pontificales (anillo, mitra, báculo, cruz pectoral y palio, si le corresponde).  

El hábito coral del obispo[1] lo usará cuantas veces sale para dirigirse públicamente a la Iglesia o cuando regresa de ella, cuando esté presente sin que presida la liturgia o las acciones sagradas, y en otros casos previstos en el Ceremonial, tanto en su diócesis como fuera de ella.

Este hábito coral consta de sotana de color violáceo, una banda de seda del mismo color con flecos también de seda como adorno en ambos extremos –sin borlas–, roquete de lino o de otro tejido semejante, muceta de color violáceo –sin cogulla, o sea, sin capucha–, cruz pectoral sostenida sobre la muceta por un cordón de color verde entretejido con oro, solideo y bonete de color violáceo, con borla. Cuando el obispo lleva la sotana violácea, también usa medias de ese color. Puede usar capa magna, sin armiño, en su diócesis para las grandes solemnidades; los zapatos serán negros y sin hebillas.

Fuera de los actos litúrgicos los clérigos han de vestir un traje eclesiástico digno, según las normas dadas por la Conferencia Episcopal y las costumbres legítimas del lugar –CDC 284–. El Directorio para el Ministerio y la vida de los presbíteros, dado por Juan Pablo II, el 31 de enero de 1994, indica en su número 66 sobre la obligación del traje eclesiástico que El presbítero debe ser reconocible sobre todo, por su comportamiento, pero también por un modo de vestir, que ponga de manifiesto de modo inmediatamente perceptible por todo fiel—más aún, por todo hombre, su identidad y su pertenencia a Dios y a la Iglesia… El traje, cuando es distinto del talar –sotana–, debe ser diverso de la manera de vestir de los laicos y conforme a la dignidad y sacralidad de su ministerio. La forma y el color deben ser establecidos por la Conferencia Episcopal, siempre en armonía con las disposiciones de derecho universal. Exceptuando las situaciones del todo excepcionales, el no usar el traje eclesiástico por parte del clérigo puede manifestar un escaso sentido de la propia identidad de pastor, enteramente dedicado al servicio de la Iglesia.

Y aquí ya tenemos la justificación de las vestiduras de nuestros prelados en el acto que comentábamos al principio: El Vía Crucis no es un acto litúrgico, sino que es un ejercicio de piedad, que entra dentro del ámbito más amplio de la religiosidad popular. Hay quien los llama paraliturgias, pero en cualquier caso no estamos ante un hecho litúrgico en sentido estricto, como sería la celebración de algún sacramento, de algún sacramental o de la Liturgia de las Horas.

Así pues, es impensable y ridículo suponer que nuestro arzobispo, que es el máximo garante de la Liturgia en la diócesis, no sepa que atuendo debe llevar en cada acto. Más bien, la ignorancia está en los que hacen esos comentarios.  El lector curioso puede repasar alguna galería de fotos del Vía Crucis de años atrás y comprobará que, siempre, nuestros pastores se han puesto esa vestimenta para presidir este acto de piedad popular.

Nuestro arzobispo y nuestro obispo auxiliar llevaban el llamado hábito piano episcopal, que consta de una sotana negra con cordoncillo, ribetes, costuras, ojales y botones de seda color rubí, sin sobremangas; sobre esta se puede colocar una esclavina; fajín con flecos, cruz pectoral con cadenilla y solideo; las medias violáceas son opcionales. Es la indumentaria adecuada para la asistencia a actos públicos, pero no litúrgicos.

Con este hábito se permite el uso de sombrero: de paño grueso de color negro el cual puede ser adornado con cordoncillos y borlas de color verde. En circunstancias más solemnes se podrá usar un amplio manteo de seda, color violáceo – los italianos le llaman ferraiolo–, que llegue hasta los pies.

Por otro lado, el vestido común, o de uso cotidiano, puede ser la sotana negra.  Con la sotana, usan medias negras; también pueden llevar alzacuello, el solideo y la faja de color morado. La cruz pectoral se sostiene con la cadenilla. Siempre debe llevarse el anillo, independientemente de la vestidura que,  en cada momento, lleve.  Si el obispo es religioso puede llevar el hábito de su Instituto.

Finalizamos remitiendo al lector interesado al Apéndice I del Ceremonial de los Obispos, donde se describen detalladamente las vestiduras de los obispos.

Foto: Francisco Santiago

[1] Ceremonial de los Obispos, 63.










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