Traslado de la Hiniesta a Santa Marina: Un sábado que ya es historia.
Fco Javier Montiel. Tras la finalización del septenario de la Virgen de la Hiniesta Doloros en Santa Isabel, Sevilla volvió a reconocerse esta noche en la luz serena de la Hiniesta camino de Santa Marina. Poco después de las 21:30, cuando el reloj de los templos marcó la cita, los tres Titulares abandonaron el recogimiento del convento para escribir una nueva página de memoria cofrade.

Un sábado que ya es historia
Fue el sábado 14 de marzo cuando la hermandad de la Hiniesta volvió a ponerse en camino, esta vez sin el esplendor del Domingo de Ramos, pero con la hondura de las cosas sencillas y verdaderas. Terminados los cultos en el convento de Santa Isabel, la corporación respondió con obediencia y confianza a las circunstancias que habían cerrado su parroquia de San Julián por problemas estructurales, aceptando que la provisionalidad también podía ser gracia.
El cortejo se alzó humilde en la penumbra del claustro, allí donde durante días habían resonado letanías, silencios y promesas apenas susurradas. No hubo estridencias, ni grandes alardes: sólo los hermanos, sus Titulares y un barrio que entendió que aquella mudanza no era simple traslado, sino confesión pública de fe en medio de la fragilidad.




















El itinerario como plegaria
La plaza de Santa Isabel fue el primer latido de la noche, umbral entre el recogimiento conventual y la mirada abierta de las calles del casco antiguo. Allí se juntaron recuerdos recientes, pues por estas losas habían llegado semanas antes los Titulares desde San Julián, y ahora partían de nuevo, como si el Señor les pidiera caminar un poco más para acompañar a su pueblo.
Desde la plaza, la comitiva buscó Siete Dolores de Nuestra Señora, calle que aquella noche hizo honor a su nombre, convirtiéndose en una letanía de balcones entreabiertos y cirios que parecían repetir el Stabat Mater en voz baja. Cada esquina ofrecía un rostro, una intención, una acción de gracias; y el paso pausado de los Titulares parecía detener el tiempo, como si toda Sevilla se recogiera en ese estrecho tramo para contemplar el misterio del dolor redentor.








San Marcos se abrió después como un abrazo antiguo, escenario tantas veces conocido, pero pocas con la intimidad de este cortejo sin música, donde el crujir de la cera y el roce de las alpargatas eran casi la única melodía. La plaza, encendida de respeto, recibió al Santísimo Cristo de la Buena Muerte y a la Virgen de la Hiniesta —Dolorosa y Gloriosa— como quien recibe en casa a familiares que vienen a refugiarse mientras el hogar de siempre se repara.






San Luis, columna vertebral de un barrio de memoria gótico-mudéjar, se convirtió en un largo suspiro de luces temblorosas y miradas al cielo. El cortejo cruzó su perfil rectilíneo como una procesión de antiguas estampas, con la arquitectura de portadas y espadañas haciendo de marco a la silueta recortada de los Titulares, que parecían decirle a la ciudad: “No temáis, seguimos aquí, aunque cambien las piedras que nos acogen”.













Ya en la plaza del Señor de la Resurrección, el itinerario se cerró como se cierran las oraciones completas: con la certeza de que, tras la noche, siempre aguarda la mañana. El eco de otros cortejos y otras Semanas Santas resonó en el empedrado, recordando que esos metros finales serían dentro de pocas semanas punto de partida para una cofradía que este año haría su estación de penitencia desde Santa Marina, por las obras en San Julián.
Tres Titulares, una sola certeza
Ver juntos al Santísimo Cristo de la Buena Muerte, a Nuestra Señora de la Hiniesta Dolorosa y a la Hiniesta Gloriosa en un mismo cortejo de traslado fue un privilegio poco frecuente, de esos que no llenan titulares, pero colman el alma. El Cristo caminó como faro silencioso, recordando que toda Buena Muerte es paso hacia una vida más plena, mientras la Dolorosa dejaba en cada esquina la caricia de su mirada y la Gloriosa anunciaba, incluso en la penumbra cuaresmal, la promesa de un júbilo pascual.

La hermandad supo vivir la prueba de su sede cerrada como oportunidad para dar testimonio de confianza: no se trasladaban imágenes, se trasladaba una historia entera de barrio, familia y promesas, dispuesta a “acampar” temporalmente junto a Santa Marina. Allí, en el templo que tantas veces ha visto pasar devociones seculares, los Titulares de la Hiniesta encontraron un hogar que, aunque prestado, se percibió desde el primer instante como lugar querido y preparado por la Providencia.
De Santa Isabel a Santa Marina, un camino de fe compartida
No fue una noche de estrenos ni de grandes estruendos; fue una noche de susurros, de familias completas acompañando el cortejo y de niños que, quizá sin entenderlo, guardarán para siempre el recuerdo de haber visto a sus Titulares cruzar calles distintas con la misma serenidad de siempre. A cada paso, Sevilla pareció reconocer que también ella atraviesa sus propias obras interiores, sus cierres y reparaciones, y que necesita, como la Hiniesta, dejarse guiar hacia la casa que el Señor le señale en cada momento.
Cuando las puertas de Santa Marina se cerraron tras las andas de la Hiniesta Gloriosa, no se apagó la noche; se encendió, más bien, una nueva etapa. La Hiniesta quedó allí, en silencio, aguardando un Domingo de Ramos que nacerá desde otra plaza, pero con la misma verdad de siempre, mientras San Julián, curando sus heridas, espera el regreso de quienes esta noche, paso a paso, enseñaron a toda Sevilla que la fidelidad no depende de las paredes, sino del corazón que sabe seguir al Señor donde Él quiera llevarlo.
Fotos: Fco Javier Montiel
