El Convento de San Leandro acoge a la imagen de San Agustín de Hipona de José de Arce
Arte Sacro. Esta imagen, recuperada tras el expolio de la desamortización, que representa al glorioso Padre San Agustín de Hipona, fundador de la Orden que lleva su nombre y doctor de la Iglesia, obra del genial escultor José de Arce.
La talla del bien llamado por su erudición, “el monstruo de África”, presidió el ático del retablo mayor de un convento agustino de la primera orden, en la antigua archidiócesis sevillana, desamortizado en 1835.
Tras haber pasado por distintos emplazamientos e incluso haber salido de nuestra comunidad autónoma, regresa ahora a Sevilla.
Durante los próximos días podrá contemplarse en la iglesia del monasterio de San Leandro. Una oportunidad única para admirar de cerca esta magnífica obra, testimonio del altísimo nivel de uno de los escultores más sobresalientes del barroco andaluz del siglo XVII.
José de Arce de origen flamenco —probablemente nacido en Flandes—, desarrolló la mayor parte de su trayectoria artística en Andalucía, especialmente en los focos de Sevilla y Jerez de la Frontera, donde dejó una huella decisiva en la evolución de la escultura barroca.
Su estilo se caracteriza por un acusado dinamismo, la fuerza expresiva de los rostros y el tratamiento vibrante de los paños, incorporando influencias del barroco europeo que enriquecieron notablemente la escuela sevillana.
Entre sus obras más destacadas sobresale el conjunto del Apostolado realizado para la Cartuja jerezana, hoy conservado en la Catedral de Jerez de la Frontera, considerado una de las cumbres de la escultura barroca en Andalucía.
El San Agustín que ahora regresa a Sevilla puede compararse con este célebre Apostolado en varios aspectos: comparte la monumentalidad de la figura, la intensidad psicológica del rostro y el movimiento envolvente de los pliegues, que parecen dotar de vida a la imagen. Como en aquellas esculturas, José de Arce logra trascender la mera representación para transmitir una profunda espiritualidad, situando al espectador ante una figura de gran fuerza teológica y emocional.
Esta obra, por tanto, no solo es un valioso testimonio artístico, sino también un ejemplo elocuente del lenguaje barroco más avanzado.
