Arte Sacro
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Que poquito queda. Vísperas nazarenas. Alberto De Faria Serrano


 Ayer puede que la vieras ensimismada ante Él sentada en la primera fila de bancos, frotándose suavemente la yema de sus dedos. Como absorta y algo más prendida a su rosario de lo habitual. Has reparado en como su mejilla  brilla cada día una pizca más. Al mismo tiempo que un día se presentó al quinario con unas demoledora ojeras que os dejaron preocupados. Le has preguntado y desde su cabal discreción, te ha respondido, con la sabia quietud de su habitual sosiego espiritual, que está mejor que nunca. Y seguro que es así. Completamente. Pero no es menos cierto que se dibuja un cierto rictus de responsabilidad en sus gestos siempre atentos y solícitos ante el hermano que le sale al paso. 

La otra tarde sin ser tu presencia notada la sorprendiste tejiendo los sueños de una tarde primavera en el aire tibio de la noche contemplando las sayas mantolines, túnicas y enseres de las vitrinas. Cada vez notas que llega un poco antes a limpiar plata cuando en su casa la esclerosis incipiente concede una tregua a su anciana madre. Sonríes con la naturalidad de hermano feliz cuando con el mismo ímpetu que auna voluntades en la casa hermandad para el ciclo de conferencias de otoño, agarra la bolsa de Casa Rodríguez con la que llega. Al poco desaparecerá la calma fraterna y la abrirá con la misma sonrisa que nos regala cuando la mece de zarcillo a zarcillo. 

Sabes que otras tantas hermanas tamben están acariciando el goteo de los días de la Cuaresma y que bulle un cosquilleo distinto este año por tu cuerpo. Atrás, muy atrás, en el arcón del olvido quedaron sepultadas ya las tensas disputas y las controversias dialécticas. Y hoy solo se respira gozo en tu pensamiento. Con tu cantonera aguardándote ya en el almacén y las canas que peinas, verlas tan ilusionadas, te han hecho rememorar aquel preciso y anhelado día de tu infancia en el que el cirio era mas grande que tu. Cuando la has visto con los ojos entumecidos por una traicionera y furtiva lágrima saliendo con su papeleta de sitio, has palpado de nuevo esa sensación única e indescriptible de miedo y entusiasmo indefinible que se funden en la noche del estreno. Has sentido de nuevo el nerviosismo de tu adolescencia cuando se ha roto abrazada a su novio, el mismo que tantos años fue tu pareja de tramo. 

Se te ha venido encima el peso de todos los Jueves Santos vividos. Y te alegras por ella. Y por ti. Y por él. Y por Ellos. También te has acordado que además de Mª del Valle, unas que podrían llamarse Presentación o Caridad están comprobando en sus estomago las mariposillas que ya revolotean antes de ser nazarenos de Sevilla. Que poquito les queda.

Foto: Francisco Santiago  










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