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Nazareno, dame cera. Antonio Burgos.


 El amigo y maestro Antonio Burgos, ha tenido la deferencia hacia Arte Sacro de poderles ofrecer la presentación que hizo del Libro “Nazareno dame cera”, del periodista Carlos Navarro Antolín y publicado por Jirones de Azul. Aquí la tienen:

Aunque el libro que presentamos tiene una cubierta color Baratillo, color Carretería, color Valle, color Quinta Angustia, color antifaz del Sentencia, y aunque su autor se dedica, entre otras cuestiones profesionales, a la información cofradiera, no es Carlos Navarro Antolín lo que se entiende por un plumilla de la llamada Prensa Morada. Entre otras cosas, porque no es un adulador lamecirios ni un servil portamicrófono para que los hermanos mayores satisfagan su vanidad, sino que tiene línea directa con el Lagarto, Lagarto de la Catedral y con los Duendes de Sevilla y es, por ejemplo, el que más sabe en el mundo de dosieres, hasta el punto que ha descubierto que las tradicionales puñaladas por la espalda de los capillitas no se infieren con navajas incorporadas al fraternal abrazo de amor en Cristo, como hasta ahora se creía, sino que se dan con dosieres o, en su defecto, con falsas promesas de apoyo para las delegaciones de la Madrugada.

 Carlos Navarro Antolín es para mí como el hijo periodista que nunca tuve, porque Fernando Burgos se me fue a las helvéticas de las arquitecturas de las nuevas tecnologías. Desde el día que, hablando de Lagarto, Lagarto, me pidió que le presentara el libro sobre el Cardenal Amigo que escribió con Alfonso Pedrosa, y así hice con sumo gusto y muy poca vergüenza en la casa del autor de “Fabiola” (esquina a Mateos Gago), he establecido con Carlos Navarro Antolín una relación casi paterno-filial de compañerismo y amistad, surgida de mi admiración por su coraje de periodista, por su olfato de rastreador de esas noticias que tanto abundan en Sevilla, y que son aquellas de las que está la gente hablando todo el santo día y de las que a la mañana siguiente no viene ni una sola línea en los periódicos. Se sabe Carlos Navarro inscrito en una tradición del periodismo de las pequeñas grandes cosas de Sevilla, que están en el Ayuntamiento, que están en las cofradías pero que sobre todo están en la calle, en las gentes, en la luz única de cada estación. Yo, que cuando era joven tenía un viejo en la barriga, creo que Carlos Navarro tiene otro, que es la tradición periodística sevillana de Manuel Sánchez del Arco, de Luis Joaquín Pedregal, de Benigno González, de tantos grandes profesionales hoy olvidados. Y yo que cuando empiezo a ser viejo tengo un joven en la barriga, admiro al viejo que el joven Carlos Navarro lleva dentro, porque me recuerda mucho al que yo llevaba, de ahí que lo tenga como en casa de acogida o en adopción, desde el respeto mutuo y el sevillano arte de las distancias, pues ambos seguimos practicando el perdido arte del usteo y abominamos el compadreo.

 Carlos Navarro Antolín ha escrito un libro completamente patriótico. No, no es que tenga que sonar el “banderita, tú eres roja”, que tenga que desfilar el Regimiento Soria 9 a los sones de la banda de don Pedro Gámez Laserna, ni que su autor se haya puesto a defender en sus páginas determinados fajines del generalato suprimidos por el PER de las cofradías. Carlos Navarro Antolín ha escrito un libro completamente patriótico porque Rainer María Rilke nos dejó dicho que “la verdadera patria del hombre es su infancia”.

Y nada digo si esa infancia transcurre entre tambores y capirotes, entre súplicas de “nazareno, dame cera”, y cancioncillas de “nazareno, dame un caramelo, si no me lo das, chivato serás”, o de “nazareno, una hebilla menos, dámela, písala, ay, que se me escapó, con la punta del tacón”.

 Y nada digo si esa infancia es el recuerdo de nuestras primeras Semanas Santa de la mano de nuestro padre o en brazos de nuestra madre.

Y nada digo si esa infancia transcurre en Sevilla, y las cofradías en la calle son un divino pretexto para descubrir la ciudad y para aprender a amarla en sus esquinas, en sus adoquines, en sus calles por las que nunca se pasa a lo largo del año, en sus muchachas de los barrios, en sus peinas del centro, en sus sobaduras de los zapatos nuevos del Domingo de Ramos.

Carlos Navarro ha hecho recordar su infancia a una serie de sevillanos, que en su relato colectivo y yo diría que hasta coral y polifónico, levantan este mapa sentimental de una patria llamada infancia, llamada Sevilla, llamada Semana Santa, llamada novia, llamada familia, llamada palcos, llamada primeras sillas de la carrera oficial, llamada salidas iniciales con la pandilla de compañeros del colegio y el programa de ABC en la mano, llamada primera papeleta de sitio, llamada primera estación en la seria cofradia de negro.

 Patriotas de la cera. Así veo a estos sevillanos a los que Carlos Navarro ha hecho evocar su infancia, adolescencia y juventud. El libro es como esa propia bola de cera que todos hicimos de chicos, con o sin interior de papel Albal para aliviarnos y aumentar su volumen. Cada recuerdo de cada sevillano es la gota de cera de un cirio al cuadril que cae sobre la bola de la experiencia común, que va engordando con todos los colores imaginables en la cerería del Salvador o en la de don Marcelino Agea en la calle Amparo: rojo sacramental, verde Esperanza, azul de barrio, tiniebla del Señor de Sevilla.

Un libro patriótico y un Libro Blanco. Un Libro Blanco con negra túnica de ruán y cinturón de esparto. Un Libro Blanco con capa de merino. Un libro Blanco con capirote color cofradía de barrio. Colores que se superponen al sepia de la memoria, porque con ellos cobran vida los recuerdos. Quien quiera conocer la psicología colectiva de los sevillanos actuales y de las generaciones inmediatamente anteriores, tendrá que estudiar, analizar y catalogar los recuerdos y sentimientos expresados en este libro, que parece que, al contrario que el verso final de la Epístola Moral, hace revivir el tiempo en nuestros brazos, para que advirtamos con toda fuerza y realismo cuánto ha cambiado la ciudad, cuánto ha cambiado la Semana Santa, cuánto han cambiado las mentalidades, cuánto hemos cambiado nosotros mismos.

 He citado Er Pograma, y el libro de Carlos Navarro es en cierto modo el "horario e itinerario del corazón del sevillano en Semana Santa". Del relato de todos sus personajes se extrae como un itinerario vital común. El sevillano al que su padre lleva a ver cofradías en la sillita de niño chico, en el clásico carrito de niño chico que te echa abajo los tobillos en la bulla del Martes Santo en la Alfalfa, cuando La Candelaria va hacia la Campana, pasaba luego a la silla en la carrera oficial, con o sin la tata, con o sin paquetito de Ochoa para la merendola. Luego pasa a la pandilla con los amigos, a descubrir la ciudad y las cofradías, a descubrir el amor de los ojos de una niña de las Esclavas o del Valle a la que tomó por vez primera de la mano cangrejeando el Lunes Santo por la calle Alfonso XII, delante del palio de la Virgen de las Aguas. Más tarde, el sevillano va a ver las cofradías del brazo mano de la novia, luego de su mujer, luego lleva a sus hijos, como una rueda perfecta de la imagen del paso del tiempo, de la brevedad de la vida. Y antes y después, sale de nazareno en la cofradia de su padre, de su madre, de su novia, de su barrio, de sus amigos del colegio, de sus compañeros de Facultad o del trabajo. La Semana Santa vivida en los colegios que tantos y tantos personajes evocan en el libro, sí que es una verdadera Educación para la Ciudadanía, la Educación para la Ciudadanía en Sevillanía.

Y todo ello contado con evocación y lágrimas, que es el título de una marcha de cornetas y tambores, o con gracia y esperanza, que es mi venerada Virgen de San Roque. Los golpes no podían faltar. No golpes de llamador, sino golpes de gracia de anécdotas para tirarse de risa, las frases certeras, rotundas, como la que decía el padre de Don Camilo Olivares, que en aquella casa sevillana: “Hijo, en esta casa, el Papa, el Rey, el cardenal de Sevilla y el cura de San Lorenzo nunca se discuten. Sean quienes sean, amèn”. O un joven Luis Miguel Martín Rubio que como letrado de oficio está un Martes Santo asistiendo a un detenido en la Jefatura de Policía de la Gavidia cuando desde las altas ventanas ven llegar una cruz de guía y unos nazarenos blancos, y el chorizo pregunta qué cofradía es, y cuando el policía le contesta que La Bofetá, responde: “Yo sólo estaba haciendo una pregunta, hombre”...

 Felicito, pues, a Carlos Navarro por esta obra y agradezco a todos los sevillanos que le han confiado sus recuerdos la oportunidad que nos han dado a todos para tener una visión tan rica y diversa de los invariantes castizos del poso de la memoria y del peso del recuerdo en el sentimiento colectivo de la ciudad por Semana Santa. Y felicito a la editora Rosa Perea y a Jirones de Azul por ofrecernos esta obra con esa galería de fotos como sacadas de una familiar lata de carne de membrillo, de mantillas antiguas y pantaloncitos cortos, que nos ponen en pie todo un tiempo, todo un espacio del corazón.

Ya digo, un libro patriótico. Patriótico sevillano. “La verdadera patria del hombre es su infancia”. Es su Semana Santa de niño. Es su Sevilla de niño. Ciudad en la que algunos niños grandes seguimos soñando, porque sabemos que todos los nazarenos nos van a dar cera. En este libro de Carlos Navarro Antolín hay bastante más cera de la que arde. La cera del amor a la ciudad y a sus tradiciones de un gran periodista sevillano.  

Fotos: Francisco Santiago.

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