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Puerta Osario. José. Álvaro Pastor Torres


 Aquel 15 de mayo de 1920 la ciudad seguía sumida en su habitual letargo provinciano, solo alterado por la detención de los asesinos de dos jornaleros en Constantina. Juan Manuel Rodríguez Ojeda andaba en su taller –que siglos antes había sido de Pedro Roldán- diseñando mantos y palios. El canónigo lectoral Juan Francisco Muñoz y Pabón preparaba el Rocío, pues faltaba menos de una semana para salir de romería. Y en la casa de la Alameda de los Hércules hacía ya un año que a la caída de la tarde no llegaba ese ansiado telegrama con un lacónico “sin novedad” que ponía en marcha a la difunta señá Gabriela camino de San Lorenzo, para postrase ante el Gran Poder y la Soledad en acción de gracias porque su hijo José había salido indemne.

Entrada la noche del día de San Isidro, los socios del Club Gallito, en la calle Amor de Dios, tuvieron noticia del resultado de la corrida de Madrid, gracias al telegrama, que en esa época hacía las veces del sms: toros de Murube, protestados, y dos de Salas que mató José, cortando una oreja. Pero fue una conferencia desde la capital la que narró lo más comentado del festejo: el almohadillazo que le dieron en la cara a Gallito mientras muchos aficionados coreaban en la plaza de la Carretera de Aragón “¡que se vaya, que se vaya!”, pues toreaba al día siguiente en Talavera de la Reina y no en la capital. Las masas exigían ya lo imposible al líder indiscutible del toreo y el diestro era consciente de ello; “esto se acaba” le dijo a su mozo de estoques esa tarde al desvestirse.

Y también por telegrama llegó al día siguiente la noticia que nadie esperaba, que nadie creía, porque José era tan grande que parecía que no había nacido el toro capaz de acabar con él. En el mismo Club Gallito una pizarra reproducía el telegrama que puso desde Talavera Blanquet, el peón de confianza: “estamos velando el cadáver en la enfermería”.

Lo demás es ya muy conocido y las fotografías dan fe de cómo la ciudad despidió su héroe el 19 de mayo: la llegada a Plaza de Armas, el gentío que lo esperaba, los seis caballos con gualdrapas negras que tiraban del coche fúnebre, la cruz parroquial con manguilla negra y el clero de San Martín, las columnas de la Alameda con crespones negros, las lágrimas que derramó por él Eugenia de Montijo en el palacio de las Dueñas, la pluma de Muñoz y Pabón por defender un funeral casi de Estado en la Catedral, la Esperanza vestida de luto riguroso por Juan Manuel y los versos de López Alarcón: “ven pasajero y dobla tu rodilla/ que en la Semana Santa de Sevilla/ porque ha muerto José, este año estrena/ lágrimas de verdad la Macarena”.

Publicado en EL MUNDO de Andalucía, Edición Sevilla, el  Sábado 15-V-2010










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