Un altar que proclama la gloria de María en el triduo del Buen Fin
Fco Javier Montiel. El templo de San Martín vuelve a convertirse estos días en lugar de encuentro, silencio y oración con motivo del Triduo a María Santísima del Buen Fin. La Santísima Virgen se presenta entronizada en su altar de triduo con una puesta en escena que invita no solo a la contemplación estética, sino también a la meditación profunda del misterio mariano.
La imagen de María se alza rodeada por una delicada ráfaga de plata que envuelve su figura con una luz serena y majestuosa. A sus pies, la media luna remite directamente al pasaje del Apocalipsis, donde la Mujer vestida de sol aparece como signo de esperanza y victoria. María, una vez más, se nos muestra como Reina, pero también como Madre cercana que acompaña el caminar del pueblo fiel.



Flanqueando el altar, dos grandes lienzos refuerzan el mensaje teológico y devocional del conjunto. A un lado, la Inmaculada Concepción, principio de la vida terrenal de la Virgen, concebida sin mancha para ser morada de Dios. Al otro, la Asunción, culmen de su existencia, elevada en cuerpo y alma a los cielos. Principio y final que enmarcan toda la vida de María y, con ella, la esperanza de la Iglesia.



En los laterales, los manifestadores incorporan espejos que aluden de manera sutil y elegante a la letanía mariana “Espejo de justicia”. Un recurso simbólico que interpela al devoto, invitándole a mirarse en María como reflejo de fidelidad, pureza y entrega total a la voluntad de Dios.

Especial mención merece la ráfaga de plata, perteneciente al Rosario de San Julián, que aporta al conjunto no solo un notable valor artístico, sino también un profundo sentido devocional y patrimonial. Una pieza cargada de historia que hoy vuelve a brillar al servicio de la oración.















Todo el conjunto conforma un altar sobrio y solemne, pero a la vez cercano, pensado para que quien se acerque a San Martín sienta que está ante un espacio preparado con mimo para honrar a la Reina del Buen Fin. Un altar digno para María, donde la belleza se convierte en catequesis y la devoción encuentra su mejor lenguaje.
Fotos: Fco Javier Montiel
