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Puerta Osario. Buenos y malos. Álvaro Pastor Torres


 Mi amiga Regla me puso la otra tarde sobre la pista: “este año se cumple el VII centenario de la muerte de don Alonso Pérez de Guzmán, alias Guzmán el Bueno, y casi nadie se ha acordado de él”. Mi amiga Regla es A.T.S. pero sabe de historia, arte y artistas más que muchos que pasaron cinco años en la facultad. Se lee los libros de pe a pa, hasta el ladrillo más insufrible, notas a pie de página incluidas, y ha terminado poniendo las escayolas en brazos y piernas con notable estilo, como no podía ser menos. Tiene sus debilidades, entre ellas “su Martínez” (Montañés) y “su Diego” (López Bueno), lo que ya denota, además de buen gusto, una profundidad en el campo artístico hispalense que no está al alcance de cualquiera. Mi amiga Regla es tan buena que nunca habla mal –ni siquiera regular- de nadie, por eso, en la charla de café y dulces conventuales sólo apuntó el hecho cierto del olvido pero no sus causas.

En efecto, Guzmán el Bueno, I señor de Sanlúcar de Barrameda –que no es mal título, ni mala plaza tampoco, aquí solar y caballero están a la misma altura-, murió el 19 de septiembre de 1309 en la serrana Gaucín, frontera por entonces entre el reino cristiano de Castilla y el musulmán de Granada. Antes, gracias a su valor militar e inteligencia –y también a un certero braguetazo con doña María Alfonso Coronel-, le había dado tiempo a reunir un vasto estado nobiliario que iba desde las almadrabas de Conil hasta Ayamonte, pasando por un Aljarafe cuajado de aranzadas de olivar y tierras de pan sembrar.

Trasteando por la red con la inestimable ayuda de San Google bendito y bien hallado -ora pro nobis-, resulta que pocos han reparado en la efeméride: la Consejería de Cultura con una exposición en San Isidoro del campo –donde está enterrado en un sepulcro de Montañés tallado para el III centenario-, y los miembros de la asociación Mellaria, para la defensa del patrimonio artístico y cultural de… Tarifa, evidentemente, donde la leyenda sitúa el episodio del puñal y la muerte de su hijo. (El recordado Gandía contaba el suceso en chiste verídico y salían a relucir dos dagas, una para su vástago y otra para el moro del cornetín que lo despertaba todos los días de la siesta; las cosas de Paco).

En esta Sevilla que celebra ya con “extraordinariez” (el palabro es del buen fotógrafo cofrade Roberto Villarrica) y salidas procesionales varias el XXV aniversario del estreno de un candelero de la segunda tanda del palio, o el II de la boda entre el prioste y el vestidor, el recuerdo al gran militar va a pasar de puntillas. Y es que la ola de corrección política que nos invade terminará convirtiendo a los buenos en malos.

Publicado en El Mundo de Andalucía, Edición Sevilla, el Sábado, 26-IX-2009










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