Arte Sacro
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Puerta Osario. Murillo. Álvaro Pastor Torres


 En el Arte, como en la vida misma, hay personas que nacen con la estrella reluciente (Bernini, Rubens), y otros en cambio estrellados, como los huevos, bien por falta de eso precisamente (Rousseau “El aduanero” o el mismísimo Van Gogh, paradigma del artista desgraciado), bien por un exceso de testosterona (el camorrista de Caravaggio) o simplemente por ser los eternos segundones en todo (Borromini y nuestro Valdés Leal).

Murillo -que a partir de hoy va a ser el protagonista de una exposición única, irrepetible y muy recomendable en el Museo por antonomasia de Sevilla- compartió en vida penas y alegrías, si bien tras su accidentada muerte la fortuna crítica sonrió a sus obras con una estela positiva (en subastas y elogios de los especialistas, o sea, éxito de público y crítica) que llega hasta hoy. Tan apreciadas llegaron a ser sus obras que los viajeros románticos contaban cómo eran asaltados en cada esquina de la calle Sierpes por unos reventas que en vez de ofrecerles "sombra baja" les ofertaban lienzos de Murillo. (Hoy el asalto al guiri suele ser de otro tipo menos artístico y algo más traumático).

Para llegar al Bartolomé Esteban Murillo reconocido por sus propios compañeros, demandado por congregaciones y particulares, famoso dentro y fuera de Sevilla, y de posición desahogada con vivienda en la collación Santa Cruz, tuvo que pasar el artista por no pocas penalidades. La primera y principal, la orfandad, pues a los nueve años perdió a su padre, un cirujano-barbero de buen pasar y pretensiones hidalgas, y apenas seis meses después a su madre, de la que tomó el apellido artístico. Y también enterró a lo largo de su vida a cuatro de sus hijos –que por muy común que fuera en esa época no por ello dejaba de ser doloroso-, y a su mujer, tras 18 años de feliz y fecundo matrimonio. Tampoco fue un artista precoz – hasta estuvo tentado en dos ocasiones de emigrar a las Indias, siguiendo el camino abierto por su hermana-, ni tuvo suerte con las intrigas pictórico-palaciegas de la Corte, a pesar de las recomendaciones de su paisano Diego Velázquez.

Pero su genio innato –Juan del Castillo le pudo enseñar los rudimentos de la pintura y poco más-, su colorido brillante y su directa claridad le llevaron a ser el pintor preferido por los tres estamentos locales, iglesia, nobleza y pueblo llano, muy por encima del austero Zurbarán y del irregular Valdés Leal. Lástima que después el mariscal Soult, duque de Dalmacia y rapiñador mayor de la Europa, también se encaprichara de él.

Envío: A Benito Navarrete, por devolver a Sevilla, siquiera unos meses, lo que nunca debió haber salido de aquí.

Publicado en  EL MUNDO de Andalucía, Edición Sevilla el Sábado 20-II-2010.










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