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Jueves pastoreños. Los orígenes rosarianos de la hermandad de la Pastora y Santa Marina. Francisco Javier Segura Márquez


Continuando con nuestro serial de los Jueves Pastoreños, en esta ocasión vamos a evocar los orígenes de nuestra Hermandad, fundamentados en la oración pública del Santísimo Rosario, de la que van a emanar las peculiaridades históricas y litúrgicas que nos distinguen, desde entonces hasta nuestros días.

 

Hablar de los orígenes rosarianos de la Primitiva Hermandad es enlazar la génesis de la propia institución con el movimiento rosariano que se desarrolla en la ciudad a partir de 1690, cuando la muerte del Venerable Fray Pedro de Santa María de Ulloa desata en la ciudad el deseo de recorrer las calles, primero en desorden y luego con cierta organización, cantando los Avemarías del Santísimo Rosario. Como ya sabemos, la primera que lo hizo -sin insignias ni faroles, sino en dos filas (lo que se llama "a dos coros"), junto a una cruz alzada- fue la Hermandad y Congregación de Nuestra Señora de la Alegría, de la Parroquia de San Bartolomé, a la cual nuestro fundador estaba vinculado por su nacencia en la misma feligresía.

 

La cercanía didáctica que le brindó al Venerable Padre Isidoro la misión compartida con Fray Pablo de Cádiz en dicha ciudad, durante los albores de la Guerra de Sucesión, como ya se ha escrito innumerables ocasiones, va a propinar en el espíritu del capuchino el deseo de instaurar un modelo, definitivo en todos sus aspectos, para dar estabilidad a esos impulsos fervorosos que, muchas veces, derivaban en la fundación de un Rosario, más o menos organizado, que cumplía el fin previsto teniendo como referencia una Imagen, ubicada en un Templo o Capilla pública.

 

Uno de estos grupos fue asignado a Fray Isidoro a su llegada a Sevilla en 1703. Se trataba de un grupo de fieles, que bajo el título de la Inmaculada Concepción, tenía su sede en la Parroquia de San Gil. La historiografía tradicional afirma, que tras presidir por primera vez su salida el día 24 de Junio de 1703, entiende que el movimiento rosariano necesita una renovación en lo formal y espiritual, en cuya ejecución va a poner el máximo empeño. Es así como podemos afirmar que, si bien la Divina Pastora en su realidad pastoral no toma el Santísimo Rosario como oración propia -dado que es la Corona de la Divina Pastora la plegaria elegida- sí está imbuida plenamente de esos principios rosarianos a los que se adscribe plenamente, dotando incluso, por su propia gestión organizativa, de un nuevo carácter a los cortejos callejeros.

 

Retornando a Fray Pablo, será de su modelo gaditano “Simpecado, cruz y faroles” de donde Fray Isidoro tome inspiración para crear el cortejo de la Corona de la Divina Pastora, creando para ella los mismos elementos y renovando la costumbre sevillana, instituyendo un cortejo de hombres y de mujeres, cada uno con sus insignias propias. De su modelo, cuidado a lo largo del tiempo y protegido de posibles injerencias, la Hermandad ha conservado un importante legado patrimonial que, hoy día, hace de los cortejos procesionales de la corporación un privilegiado visor de la tradición rosariana de Sevilla.

 

En cuanto a las cruces alzadas para inicio de los cortejos, aunque el cortejo masculino tuviera desde el principio la suya, no ha llegado a nuestros días la pieza original. Sí conservamos, afortunadamente, tras su restauración por Ana Galiano y el taller de los Hermanos Caballero en 2016, la cruz que, elaborada completamente en madera dorada y estofada, había sido estrenada ya en 1736 para encabezar el Rosario de Mujeres, el cual se estableció con la venia de Fray Isidoro, quien desde Cádiz, en su destierro posterior a la estancia de la Corte en Sevilla, dio las indicaciones oportunas al caso.

 

De fecha posterior conservamos la Cruz Alzada, propia del Rosario de Hombres, realizada en torno a 1790 en madera tallada y policromada, con espejos de azogue que recorren los travesaños de la propia cruz. En la parte inferior, cuatro volutas, sobre las cuales cuatro ángeles acróteros sostienen atributos parlantes de las Letanías Lauretanas, generan un templete donde se acoge una pequeña imagen de la Divina Pastora (en su origen poseía una Imagen de Santa Marina). El conjunto se sostiene sobre vástago de plata cincelada y repujada, con decoración floral de raigambre barroca, fechada en la misma etapa.

 

De los juegos de faroles que la Hermandad hoy tiene, hemos de distinguir entre los originales y los de nueva factura. Los más antiguos, hoy día, permanecen en la capilla, contribuyendo de forma estática a la iluminación de la nave principal, donde fueron colocados para salvaguardar su conservación en los primeros años de estancia de la Corporación en la capilla del Hospital de San Bernardo. Sí están en pleno uso los faroles de estrella y los tradicionales, de sección prismática ochavada, con cuerpos semicirculares en los chaflanes, todos los cuales fueron realizados por el maestro hojalatero Antonio Rueda. Descansan sobre vástagos de madera con nudetes de metal dorado.

 

En cuanto a los Estandartes o Simpecados que han presidido el ejercicio rosariano de la Corona Seráfica, conservamos el más antiguo, fechado en 1732 y que no es otro que el “del Duque de Osuna o de Gala”, bordado en plata sobre terciopelo azul, y que hoy nos muestra una pintura sobre tabla, de factura contemporánea y de mediano mérito, que sustituye la pintura original, reemplazada en 1953 para una mejor conservación, habiendo permanecido así hasta nuestros días. Porta dos cordones de trenzado azul y plata con flores de metal, tipo talco, en los mismos tonos. Es el Simpecado más importante de la Hermandad y preside los cultos principales. Sale de la capilla el día de la Procesión Triunfal a los sones de la Marcha Real para dar cumplimiento a lo que dispuso su donante: que fuera saludado con dicha música al ser portado por un Grande de España en nombre del Rey. Presenta un estado de conservación medio, y está precisado de una intervención significativa que, sin alterar sus valores originales, le devuelva el esplendor del que le han privado los siglos.

 

Conservamos otro, en terciopelo rojo bordado en oro, que tiene una difícil datación, oscilando entre 1735, 1766 o inicios del siglo XIX, dado que conservamos reseñas de su factura pero no hemos podido identificar con seguridad a cuál corresponde. Sea como fuere, el “Simpecado de Diario” porta en su centro un óvalo con pintura de la Divina Pastora sobre tabla, que aparece circundado con sogueado de metal y corona de imperiales en altorrelieve. Lo sostiene vara poligonal y lo escoltan dos cordones en el mismo tono y metal que sus bordados.

 

Todas estas piezas y costumbres mantienen intacto el espíritu rosariano inicial de la Hermandad, dotándonos de herramientas adecuadas para la conservación del mismo a través del tiempo. Sea para siempre que los devotos de la Divina Pastora encuentren alivio a sus cuitas en la oración continuada de los Avemarías y el Gloria en los Misterios de su Santísima Corona.










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