San Isidoro se postra ante el Señor de las Tres Caídas
Fco Javier Montiel. En la mañana de este domingo, la Hermandad de San Isidoro ha celebrado la solemne función principal en honor al Santísimo Cristo de las Tres Caídas, una cita que cada año une a los hermanos y devotos en torno a la imagen del Señor, recogida en su paso y arropada por la luz de los cirios recién encendidos. El templo, perfumado con incienso y silencio orante, se ha llenado pronto de fieles deseosos de contemplar de el rostro del que cayó tres veces por amor al hombre.
La función estuvo presidida por el párroco y director espiritual de la corporación, que invitó a los presentes a vivir la fe con autenticidad y esperanza, recordando que seguir a Cristo implica levantarse siempre, aun cuando el peso de la cruz parezca más fuerte que nuestras fuerzas. Los hermanos de San Isidoro participaron con recogimiento, conscientes de que esta cita es el corazón espiritual del año para la corporación y la mejor preparación para el próximo Viernes Santo.

Desde los pies del presbiterio, una orquesta de cuerda y viento, junto con el coro, elevaba sus notas hacia el Señor, retomando la antigua tradición musical de la hermandad en los cultos al Cristo de las Tres Caídas. Los violines, las violas, los violonchelos y los metales se convirtieron en plegaria sonora, sosteniendo cada momento de la liturgia y envolviendo las palabras del celebrante en un clima de oración que hacía casi innecesario hablar.
No era una mera interpretación artística, sino un verdadero servicio al altar: cada acorde parecía subrayar el diálogo silencioso entre el Cristo caído y sus devotos, como si la música pusiera voz a las súplicas que el corazón no sabe pronunciar. Cuando resonaban las coplas tradicionales dedicadas al Señor, la asamblea entera se transformaba en un solo cuerpo que rezaba cantando, fiel a una costumbre que la hermandad conserva desde el siglo XIX.
El altar de culto se presentaba majestuoso, con el Cristo de las Tres Caídas entronizado en un camarín de oro y terciopelo, rodeado por un bosque de cirios encendidos que ascendían como lenguas de oración hacia lo alto. A sus lados se alzaban la Virgen de Loreto y San Juan, completando un retablo de fe en el que el rojo de los claveles y el blanco de las flores hablaban de sacrificio y pureza, de sangre derramada y de esperanza que no se apaga.
A los pies del Señor, el sagrario recordaba discretamente que el mismo Cristo que cae camino del Calvario permanece vivo y cercano en la Eucaristía, esperando el encuentro íntimo con cada alma. El conjunto formaba un auténtico sermón visual, donde cada pieza de orfebrería, cada candelería y cada paño bordado proclamaban sin palabras la dignidad del Hijo de Dios que se abaja hasta el polvo de nuestras caídas.
Durante la homilía se escucharon palabras de consuelo y compromiso. La mirada del Cristo de las Tres Caídas, serena y herida a la vez, se alzaba sobre los fieles como una lección de humildad y perseverancia, enseñando que Dios no se queda en nuestra caída, sino en el impulso que nos vuelve a poner en pie. En ese gesto se resume todo el misterio de su devoción: el Señor que, habiendo caído, nunca deja de levantarse y seguir su camino hacia el Calvario.
Las tres caídas de Jesús son más que episodios del Via Crucis, son espejo del alma humana que tropieza una y otra vez, pero encuentra en Dios la fuerza para comenzar de nuevo. La primera caída nos recuerda el peso del pecado y de nuestras fragilidades; la segunda, el cansancio que llega cuando sentimos que volvemos a fallar; y la tercera, el límite humano donde sólo la gracia puede sostenernos y empujarnos hacia la cima del Calvario. Cada caída es, al mismo tiempo, una mano tendida del Señor que nos enseña que el amor se mide en la capacidad de levantarse y seguir amando, incluso con la cruz sobre los hombros.
Con el canto final de la Salve, la iglesia de San Isidoro volvió a llenarse de emoción contenida. El Cristo quedó rodeado de plegarias silenciosas y promesas discretas, esas que sólo el corazón sincero se atreve a pronunciar ante la mirada misericordiosa del que cayó por nosotros. Y mientras la orquesta apagaba sus últimas notas, el eco de la función principal permanecía en el alma de los presentes como una certeza sencilla: aunque caigamos, nunca caminamos solos hacia la cruz.
Fotos: Fco Javier Montiel

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