Cuando la verdad y la bondad se vuelven transparentes. Mariano López Montes
Este sábado soleado, después de la oscuridad de hace ya muchos días, cuando la enfermedad, con su alargada sombra negra, te seguía como tantos años, caminabas acompañado de los tuyos con la prestancia y, a la vez, el anonimato de un nazareno que, bajo el sol resplandeciente y vigoroso, proyectaba su sombra puntiaguda por las paredes y casas de aquel viejo barrio de San Marcos.
Sábado de muerte y partida en febrero, y Sábado Santo de gloria para ti y tu gente, a la que supiste transmitir la devoción y el amor a unos Titulares que fueron y seguirán siendo el centro de sus vidas: Providencia y Dolores. Suprema lección magistral de cómo tu cofradía sabe interpretar el dolor de la muerte con la grandeza hecha belleza de la vida.
En este mundo —o “mundillo cofrade”— que muchos utilizan actualmente para “ser algo” o alguien en esta sociedad, muchas veces escasa de valores, tú, Pepe, nunca cambiaste, por fuertes que fueran los vientos. Siempre fuiste el mismo: tu honestidad, tu bondad, tu disposición al trabajo para construir lo que siempre entendiste y consideraste como tu Hermandad fueron tus principios. Supiste poner en práctica lo que siempre creíste, y tu norma de hacer el bien desinteresadamente y sin sacar nada a cambio fue, en parte, la razón de tu vida. Por este motivo he considerado que el mejor título que te hubiera gustado al empezar a escribirte estas líneas —escritas con la tinta del cariño hecha ausencia— era algo tan grande para ti como “ser Hermano Servita”.
Extraño y, a la vez, entrañable persona que nunca pediste nada a cambio, ni te gustaron los homenajes ni los abrazos vacíos que hoy tanto se prodigan y que, en muchas ocasiones, rompen ese vínculo de Hermandad como familia extensa, sin lazos de consanguinidad, en la que siempre creíste y que practicabas con el ejemplo.
Hombre de una fe inquebrantable, rociero desde hace mucho y no de ayer por la tarde, como ocurre con tantos que presumen de serlo de toda la vida. Sencillez, respeto y naturalidad cuando te referías a tus devociones, construidas desde la fe y el sentimiento que solo puede expresarse con el amor del Lunes de Pentecostés y del Sábado Santo.
Meditador de hace ya un año, mensaje de amor y fe de un hombre sencillo que tenía la oportunidad de hablar a su Cristo desde la penumbra de la humildad de su experiencia y del sentimiento del hermano de siempre, sin prosas ni versos de cara a una galería a la que se quiere impresionar con dotes de pregonero.

Ayer tu barco de la vida zarpó sin hacer ruido, hacia “esas marismas azules que se encuentran en el cielo”, y empezaste, con el paso acompasado y constante de tu cofradía, como hiciste cada Sábado Santo, tu “estación”, ya nunca de penitencia, sino hecha de la gloria que te mereces.
Dejaste atrás a tu mujer, Mari Carmen, fiel compañera, y a tus hijos, para los que, aunque hayas muerto, nunca morirás para siempre, pues, como hombre bueno que eras, siempre formarás parte de sus vidas.
Este año, uno más, cuando tu Virgen de los Dolores y tu Cristo de la Providencia vengan de vuelta por la calle Doña María Coronel, en ese momento mágico del atardecer, con el olor del azahar y las nubes de incienso, un nazareno más acompañará a tu Virgen junto con otros que ya se fueron antes que tú: Pepe Asián, Antonio Dubé, Ramón Ramírez, Morón y otros muchos que fueron, supieron ser y no figuraron; que, desde el trabajo y el saber hacer, supieron crear una cofradía como la nuestra.
Seguiréis viviendo en el recuerdo de todos los que os conocimos, porque los recuerdos siempre son la vida, y solo el olvido es la verdadera muerte.
A la memoria de Pepe Caramés, Hermano Servita.
Fotos: Mariano López Montes
