Arte Sacro
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El silencio que clama Misericordia en el Baratillo


Fco Javier Montiel. La capilla del Baratillo se reviste de un silencio denso, casi palpable. No es el silencio vacío, sino el que habla por dentro, el que obliga a bajar la mirada y a dejar que el alma se sitúe frente al misterio. El Santísimo Cristo de la Misericordia, de la Hermandad del Baratillo, ofrecido en besapié, tendido sobre el túmulo negro que realza aún más la verdad descarnada de su cuerpo entregado.

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Ante Él, el tiempo parece detenerse.

La escena conmueve por su sobriedad y por su riqueza simbólica. El Señor yace con la nobleza serena del que ha consumado su entrega. Las llagas abiertas, la sangre que surca el torso, la cabeza vencida y la mano extendida hacia el fiel componen un discurso sin palabras. No hay dramatismo exagerado, sino verdad. Una verdad que te hace pensar.

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El montaje del aparato de cultos te lleva a levantar la mirada hacia la Virgen de la Piedad entronizada en el retablo, mostrando el regazo que espera al Señor, enmarcada por la cera azul y el rojo intenso de los claveles, que dialogan con el luto elegante del altar. Todo conduce al mismo centro: la Misericordia. No como concepto abstracto, sino como carne herida, como amor que se deja tocar.

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El besapié es uno de los gestos más íntimos de nuestra religiosidad popular. No se contempla al Señor desde la distancia; se desciende hasta sus pies. Se roza la madera que representa su carne, se inclina la frente, se deposita un beso que es súplica, gratitud o arrepentimiento. En ese gesto sencillo se resume una teología profunda: el hombre reconoce su fragilidad y busca amparo en quien ha asumido el dolor del mundo.

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El Cristo del Baratillo no se impone; se ofrece. Su cuerpo, tendido tras el suplicio, no habla de derrota, sino de victoria silenciosa. Cada fiel que se acerca encuentra un espejo donde mirar sus propias heridas. Y descubre que no está solo. Que hay un Dios que ha pasado por el sufrimiento y lo ha transformado en camino de salvación.

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En una Sevilla acostumbrada al estruendo jubiloso de la Semana Santa, estos días de besapié devuelven a la Hermandad a su raíz más íntima. Aquí no hay marcha ni multitud apretada en la calle. Hay pasos contenidos, miradas húmedas y manos que tiemblan levemente al acercarse a los pies del Señor.

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La Misericordia no es debilidad. Es fuerza que perdona, que espera, que levanta. Ante el Cristo del Baratillo, cada beso se convierte en promesa de conversión y en compromiso de vivir con la misma compasión que brota de sus llagas.

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Quizá por eso, al abandonar la capilla, uno no sale igual que entró. Porque la Misericordia, cuando se deja besar, también besa el alma.

 

Fotos: Fco Javier Montiel









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