San Vicente se hace Calvario: La fuerza del mensaje en el Besapié al Cristo de las Siete Palabras.
Fco Javier Montiel. La Parroquia de San Vicente no es solo un templo; es un monte sagrado donde el tiempo se ha detenido. Al cruzar el dintel, el aroma a cera y clavel rojo anticipa el misterio. Allí, bajo el palio de plata y sobre el terciopelo grana, el Santísimo Cristo de las Siete Palabras se ofrece a la ciudad en un solemne Besapié que es, en esencia, la síntesis del Evangelio.

La Palabra que se hace Carne
Ver al Crucificado de cerca es enfrentarse a la crudeza y la belleza de la salvación. Sus pies, desgastados por la devoción de siglos, invitan a la humildad. Cada herida tallada es un recordatorio de que el amor, para ser verdadero, debe ser entregado. En el silencio del templo, parece resonar ese "Todo está consumado", mientras el fiel deposita sus miedos y esperanzas en la madera bendita.





El Remedio a los pies de la Cruz
Pero Cristo no está solo. En una estampa de una elegancia sobrecogedora, la Virgen de los Remedios preside el Besamanos, conformando una visión completa de la Pasión. Ataviada con su soberbio manto de terciopelo azul pavo, bordado en oro, la Señora de San Vicente levanta su mirada al cielo, buscando respuestas que solo la fe puede dar. Sus manos, dispuestas para el roce del devoto, son el consuelo directo, el "Remedio" inmediato para una Sevilla que siempre busca refugio en su bendito rostro.










Un altar para el recogimiento
El montaje, cuidado al detalle por la priostía, eleva el espíritu. San Juan y la Magdalena escoltan el misterio, completando la escena del Calvario que se vuelve cercana, casi palpable. Los candelabros de guardabrisas y los centros de flores rojas enmarcan una liturgia visual que nos prepara para lo que está por venir.







Acudir a San Vicente en estos días no es solo cumplir con una tradición; es asistir a una lección magistral de teología estética. Es entender que, entre las siete últimas palabras de Cristo y la mirada de su Madre, reside la esperanza de todo un barrio y de toda una ciudad que, un año más, vuelve a encontrarse con su propia historia frente a este altar de plata y terciopelo.
Dedicado a mi amigo Antonio Escudero
Fotos: Fco Javier Montiel
