Loco. Manuel Jesús Roldán Salgueiro.
Alguien le contó la historia alguna vez. “Sólo a los locos se les vestía de blanco”. Por eso vistieron así a Jesús. Blanco de la inocencia. Silencio blanco de la locura. Herodes condenando a todo un Dios a sentirse loco. Bendita condición...
Desde muy pequeño había decido hacerse cofrade de aquella locura. Quizás desde su nacimiento. Ya lo decía el refrán de sus mayores:“Todos nacemos locos. Algunos siguen siéndolo toda la vida...” Unos mayores que también le juraron haber visto al Dios de San Lorenzo vestido de blanco. Debió ser a principios del siglo en el que nació. Su Dios tiznao, el dios de los carboneros como él, vestido de blanco inmaculado. La noche y el día. Los contrastes de su ciudad. Nunca supo si aquella historia del Gran Poder vestido de blanco era una realidad o una fantasía de los que se llamaban cuerdos. A él le daba igual. Hacía tiempo que había decidido que su mal no tenía cura. “Dice el refrán que el mal que no tiene cura, es locura”. Así era la vida que él había decido abrazar, el rito y la regla de una forma de ser que transformaría su entorno. La fantasía y la ilusión. Con su cara tiznada y la de su mujer hacía diariamente las estaciones desde San Julián a San Martín. Junto a la memoria de la vieja iglesia y junto a la memoria de las putas tistes de sus vecinas. Allí llegaba diariamente la locura del viejo carbonero. Fantasía y alegrías que transmitir al viejo barrio de la Divina Enfermera. La alegría detrás de un mostrador. Una España en sepia y del negro del carbón del mejor cisco y del mejor picón. Póngame tres kilos y la ilusión por un mundo mejor... Vivir en la locura de la esperanza., que “quien vive sin locura, no es tan cuerdo como parece”.
Así de loco estaba Luis el carbonero, personaje de la historia apócrifa de la ciudad. Como una cartela barroca. Llena de profundidad. Historias de un muchacho que conoció al doctor Vallina dando un mitin en la Alameda y del que aprendió una idea: ¿Qué se puede esperar de un pueblo que empeña hasta los calzoncillos para poder pagar los toros?. Ideas combativas en la Sevilla de la República. La República que defendía nuestro carbonero. Aunque, como tantos otros, combatiera en el lado de la España que le tocó. En esa España se contuvo cuando veía los resultados de una guerra que tanta amargura y tanta hambre sembró. Hambre que nuestro carbonero intentó arreglar jugando a Robin Hood, robando pan para dárselo a los pobres de una Sevilla de corrales de vecinos.
Decía Luisito que en su carbonería mataron a un hombre por celos. En ello contaba que tuvo algo que ver el dueño de un avioncito de madera que colgaba sobre el mostrador, un lugar lleno de espejos para controlar a los clientes. Unos clientes que pagaban un día sí pero otro no. Y para todos tenía el carbonero una sonrisa, una broma, un chiste. Uno de sus clientes fue alcalde de la ciudad, marqués de Contadero por más señas. Y el carbonero, en su afán de limpieza, le arrojó en una ocasión un cubo de agua que le obligó a cambiar de traje. Pero todo fueron sonrisas. Se trataba de Luisito, el carbonero de San Martín. El mayor embustero de la ciudad.
Durante décadas, junto a Reyes, la mujer de su vida, fueron dos pinturas negras cargadas de ternura que hacían el camino diario a su barrio de San Julián. Y aunque el negro carbón tiñera ya sus canas, Luisito el carbonero siguió llenando de fantasías la mente de sus nietos: que una de sus heridas era por haber sido torero, que le hicieron un consejo de guerra, que en la carbonería había un tesoro oculto...El paso del tiempo hizo que el cisco, el carbón y el petróleo pasaran a la historia. Y la carbonería cerró. Pero no cerró su locura. Ni olvidó al Carbonero que le abastecía. Era su mejor proveedor. Tenía una cita con él todos los viernes. Quizás se hablaran de igual a igual, de cara tizná a cara tizná. Un diálogo entre aquellos que saben oír detrás de un mostrador. Peticiones y oraciones. La cara negra pero siempre de punta en blanco. Como aquella túnica con la que el carbonero imaginaba a su colega de San Lorenzo. Sería Díos, pero sobre todo tenía cara de buena persona...
Y como “quien con locura nace, con locura yace" , el viejo carbonero tuvo la ocurrencia de hacer una visita definitiva al divino cisquero. Ni siquiera esperó a que fuera viernes. Se preocupó de dejar los deberes bien hechos. Antes de que una restauración le mostrara otro rostro se fue a verlo en persona. Dios frente a frente. No le sorprendió. Era el Carbonero de San Lorenzo con su túnica blanca. La túnica de la locura. Rostro negro y un corazón tan blanco. Allí le contaría la primera gracia...
“El amor es la sabiduría de los locos y la locura de los sabios”. Podría ser el lema de una cofradía. Quizás ya exista. Muchos hace tiempo que juramos sus reglas. Las escribió un viejo carbonero de San Martín....
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