El antídoto de Sevilla. Alberto García Reyes.ABC
Alberto García Reyes.ABC. Vas caminando por la acera haciendo de la pared tu lecho sombrío. No puedes pensar en nada. Avanzas derrengado hacia ningún sitio. Sabes, aunque no los puedes ver todavía, que los dígitos que habitan al fondo de la avenida anuncian algo demoledor. Pero como un autómata pones una pierna delante de la otra. Consigues cegarte con el reflejo del agua, que escupe una falsa bruma a lo lejos. Envidias a los cuatro descarriados que sin la excusa trianera de la cucaña se remojan en la orilla sevillana del río. Ves espejismos, trampantojos, un asfalto que humea, una calle sin coches, charcos de lluvia artificial a cada paso. Oyes los motores de las fachadas. Escuchas perfectamente el silencio. No hay nadie. Sólo tú. Eres el amo de la ciudad. Eres el esclavo de ella. Mientras reflexionas, avistas con satisfacción el imperio de la sombra. La Torre del Oro te vigila. Tuerces por los callejones del Arenal y ya no tienes que buscar el cobijo umbrío de la pared. Respiras. Todo está cerrado por vacaciones. Un detestable cartelito lo pregona insistentemente a ambos lados del adoquinado. Ganas la esquina de Trifón. Te abres a la Plaza Nueva. Temes que tus ojos se vayan solos al termómetro. Consigues gobernarlos. Tu único objetivo es llegar hasta el refugio de los toldos de la calle Sierpes. Cuando lo logras, vuelves a respirar. Sudas. Separas tu camisa de tu cuerpo. La meneas. Sabes que nada refresca más que una ráfaga de aire en el estómago.
Por eso puedes pasar de largo ante la óptica. No necesitas su aire acondicionado. Y al superar la esquina de Calvillo te preguntas: ¿qué hago aquí? El Puerto, Rota, Chipiona, Sanlúcar, Punta Umbría, El Portil, La Antilla, Isla Cristina y Ayamonte son rayos que te caen sobre la nuca. La tentación te ha parado en mitad de la calle. Entonces alzas la frente, miras a tu alrededor y descubres por primera vez que nadie es más afortunado que tú. Sevilla, bajo la flema de agosto, es un desierto dentro de un oasis. Un paraíso de paz. Un antídoto para el veneno de Sevilla.
