130 años con los pobres. Gloria Gamito. ABC.
Hoy, festividad de Nuestra Señora de los Ángeles, se cumplen 130 años de la fundación de la Compañía de la Cruz. Las Hermanas de la Cruz llevan 130 años atendiendo a los pobres y enfermos abandonados, siendo pobres con los pobres, llevando consuelo, limpieza, cariño y medios materiales a los más desfavorecidos. Y en este largo camino, el Instituto ha vivido con gozo la beatificación y canonización de la fundadora, Sor Ángela de la Cruz, y también la apertura y clausura del proceso diocesano de canonización de Madre María de la Purísima de la Cruz, durante 22 años Madre General de las Hermanas de la Cruz. Madre María de la Purísima, fiel seguidora de la santa sevillana, es el ejemplo más patente de que la Compañía de la Cruz es un vivero de santidad y de que el árbol que plantó Sor Ángela sigue dando frutos.
En Sevilla hay días que no hace falta anunciarlos. Brillan con luz propia en el calendario aunque no lleven marca alguna. Uno suele ser hito de la Cuaresma, o preludio de ella. Es el 2 de marzo, fecha en la que se conmemora la muerte de Santa Ángela de la Cruz en 1932. Ese día la capillita donde está expuesto a la veneración el cuerpo incorrupto de la santa se llena aún más de flores y las colas para ver el cuarto donde expiró abarrotan la calle Santa Ángela y a veces llegan hasta San Pedro.
Otro día especial es el 2 de agosto, día de laVirgen de los Ángeles, fecha en que Sor Ángela celebraba su santo. Ese día de 1875 se fundaron de forma oficial las Hermanas de la Cruz. Pese a ser en pleno verano es un día que no pasa desapercibido. Hay devotos que vienen de toda Andalucía y Extremadura e incluso sevillanos que abandonan la playa para acudir a esa cita. Siempre hay una intercesión que pedir a Sor Ángela y sobre todo siempre hay algo que agradecerle, porque ella es Madre de milagros, algunos chiquitos, pura ternura de madre, pero no por eso menos importantes.
Santa Ángela de la Cruz, la zapaterita que llegó a los altares por ver el rostro de Jesucristo en el de todos los pobres y enfermos, fundó la Compañía de la Cruz el 2 de agosto de 1875 junto con otras tres compañeras que quisieron también hacerse pobres con los pobres. Pero esa fundación no cayó del cielo. Llevaba años gestándose en preparación y fermento y floreció en esas fechas, tal y como Dios había dispuesto.
Angelita Guerrero González, hija de un matrimonio muy pobre y muy religioso, nació en una casa de la plaza de Santa Lucía el 30 de enero de 1846. Aprendió a leer y escribir de forma rudimentaria en una "miga", una escuelita para pobres de su barrio, y con 12 o 13 años entró de aprendiza en el taller de calzado de Doña Antonia Maldonado, que estaba en la calle del Huevo, en la actualidad Feijoo. Allí eran donde se calzaban las señoras de la alta sociedad y la mayoría de los canónigos de la Catedral.
Desde siempre Angelita fue muy religiosa. Cuando se perdía su madre sabía donde encontrarla: en la parroquia de Santa Lucía, donde se bautizó y donde se encomendaba a la Virgencita de la Salud, tan presente en el Instituto y a cuyos pies descansa Sor Ángela en la capillita. La misma Sor Ángela contaba a sus hijas que todo el tiempo que podía estaba en la Iglesia: «echándome bendiciones de altar en altar como hacen las chiquillas».
En el taller de Maldonado fue pronto oficiala de primera clase, y Angelita alternaba su trabajo con una intensa vida de oración y penitencias, a veces muy severas. Dormía sobre una tabla y con una piedra por almohada y su madre, Josefa González, la reprendió un día porque le echaba cenizas a las comidas para alterar su sabor: «Tú haces todas las penitencias que quieras pero no me estropees la comida con porquerías». Sus compañeras de trabajo observaron que llevaba en ocasiones un cilicio en forma de corona de espinas en la cabeza y un día rezando el rosario vieron como estando de rodillas se elevó sobre el suelo con cara deslumbrada y sonriente. La dejaron sola y luego ella explicó el suceso diciendo: «Me dejaron ustedes dormida...»
En aquella época Angelita fue designada por doña Antonia Maldonado para enseñar el oficio de zapatería a las arrepentidas del Convento de Santa Isabel, donde estaba establecida la Congregación de Filipenses Hijas de María Dolorosa, fundada por Madre Dolores Márquez Romero de Onoro, cuyo proceso de canonización también está abierto. Allí la querían mucho las jóvenes y las religiosas: «Tan chiquita de cuerpo y tan grande de alma...»
Por medio de doña Antonia Maldonado conoció Angelita al padre Torres Padilla, conocido como el santero de Sevilla, que pasó a ser su confesor y su director espiritual. Cuando se conocieron los fundadores de las Hermanas de la Cruz, Sor Ángela tenía 16 años y el padre Torres, 51.
Este sacerdote santo que fue consultor del Concilio Vaticano I y nunca cobró por dar un sermón, orientó a Angelita en sus penitencias y en el apostolado. Él supo apreciar los quilates que tenía su alma y la pulió aún más.
La joven en esas fechas alterna su trabajo en el taller con la asistencia a la iglesia y la atención a los pobres.
Fue el padre Torres su guía cuando Angelita decide tomar los hábitos porque tiene vocación. Él la consoló cuando fracasó en sus dos intentos, uno de clausura y otro de vida activa. El primero fue ingresar de lega en las carmelitas descalzas del Barrio de Santa Cruz, las Teresas. Allí no la admitieron porque creyeron que no podría con los rudos trabajos, siendo tan poquita cosa y no la podían admitir de monja de coro porque no tenía estudios. El segundo intento fue en las Hijas de la Caridad. Llegó hasta tomar los hábitos pero hubo de abandonar porque su mala salud le impidió continuar.
En noviembre de 1871 Ángela Guerrero, que quiere ser monja fuera del convento, firma un billete en el que se compromete a vivir «conforme a los consejos evangélicos». El día de la Purísima de 1873 hizo sus votos perpetuos y el padre Torres la autorizó a llevar el apellido que siempre la acompañaría: de la Cruz.
En esas fechas, Angelita que comprende que sólo es posible practicar la caridad «haciéndose pobre con los pobres», escribe en la casa del padre Torres sus pensamientos y sentimientos más íntimos, bellas páginas del misticismo, comparables a los escritos de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Allí va perfilando la Compañía de la Cruz y todo lo relativo a su convento: horarios, comidas, ajuar...
Y nació el Instituto...
El 2 de agosto de 1875 nace por fin el Instituto en un cuarto con derecho a cocina de la calle San Luis. Al alba cuatro monjas sin hábito acudieron a la misa del padre Torres en el Monasterio de Santa Paula. Luego regresaron al «convento» y salieron a repartir dinero a los pobres. Era tanta su alegría que se les olvidó que había que comer y no pusieron el potaje. El mobiliario lo componían una mesa, seis sillas, un arca como ropero, un crucifijo, una estampa de la Virgen de los Dolores y unas esterillas porque no hubo dinero para comprar las tarimas de madera para dormir.
Junto a Sor Ángela componen el equipo Josefa de la Peña, Juana Magadán y Juana María Castro, que pasó a llamarse Hermana Sacramento para no confundirse con la otra Juana. Angelita nombró superiora del convento a la Virgen y Josefa de la Peña le preguntó si tendrían el Santísimo en la casa. Sor Ángela le respondió: «Ahora precisamente no, pero muy pronto, quizás antes de un año, lo tendremos».
Sólo dos meses después de la fundación, las monjas de la Cruz, ya muy solicitadas por todos, se mudaron a una casita de la calle Hombres de Piedra, en San Lorenzo, donde era párroco otro gran santo sevillano, que está a la espera de su canonización, don Marcelo Spínola y Maestre, que tanto ayudó a la Compañía de la Cruz.
Y lo que dijo Sor Ángela se cumplió. En mayo de 1876 ya tenían oratorio en su casa y al mes siguiente se mudaron a una nueva casa más amplia en el número 3 de la calle Lerena. De allí pasaron las Hermanas a la calle Cervantes y luego a la actual Casa Madre en el antiguo palacio de los marqueses de San Gil. Y a la vez que mejoraban las casas, el Instituto crecía. Así en 1877 fundaron en Utrera y luego lo harían en Ayamonte y Carmona.
Y desde entonces hasta la actualidad siempre las Hermanas de la Cruz han contado con el cariño de los sevillanos y de los habitantes de todos los pueblos y ciudades en los que han hecho su labor.
Foto: Juan Manuel Labrador
