Arte Sacro
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  • jueves, 19 de septiembre de 2019
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El Pregonero de Glorias meditó ante el Cristo de la Redención de la Puerta Real


Arte Sacro. Juan Manuel Labrador, Pregonero de las Glorias 2018, fue el encargado de realizar la Meditación ante el Santo Cristo de la Redención, Titular de la Hermandad de las Mercedes de la Puerta Real, como viene siendo habitual en esta Corporación. Previo a este acto, se celebró el Vía Crucis anual que en esta ocasión llegó hasta la parroquia de San Vicente, pasando por la plaza del Museo. El Hermano Mayor de la Corporación del Lunes Santo,  Juan Mª Toro Guillén, fue invitado a portar al Cristo hasta dicha plaza. Igualmente el Hermano Mayor del Santo Entierro, José María Domínguez-Rodiño, llevó al Cristo durante el Vía Crucis, como hermano de esta Corporación.

Una vez entró en la parroquia, el Cristo fue detenido ante las capillas de las Hermandades que residen en el templo, Siete Palabras y Penas, y la capilla Sacramental, antes de ser depositado delante del altar mayor.

Manuel Martin Fajardo, Pregonero Universitario de este año y desde que hoy jure las Reglas de esta Hermandad, Consiliario 2º en la nueva Junta que presidirá José Manuel Castro Sáez, fue el encargado de presentar al Meditador, quienes recibieron a la conclusión del acto, un recuerdo por parte del Hermano Mayor por último día, Jesús María Calvillo y Galisteo.

A su término, el Cristo regresó a su capilla de la Puerta Real y hoy estará en besapies en horario de 11:00 a 14:30 horas y de 18:00 a 20:30 horas, celebrándose Solemne Función a las 12:00 horas que estará predicada por el padre Manuel Ruiz.

MEDITACIÓN

¡Qué cruel mazazo, Señor! Una vez más, sin que lo esperemos, rompes todos nuestros esquemas, Tú, que en su momento afirmaste contundentemente que podías destruir el templo y reedificarlo en tres días, imponiéndose de este modo siempre tu voluntad, pues eres Dios y a ti nos debemos. La vida es creación tuya, por eso mismo, para hacerle frente a la pegajosa mancha del mal y del pecado, te encarnaste en María y bajaste hasta esta misma tierra que pisamos para salvarnos, para entregarte por todos nosotros, dando tu propia vida por la nuestra para que ésta fuese siempre eterna incluso tras la corrupción de la carne en el sepulcro, de modo que nuestras almas lleguen a Ti para hallar el fruto espiritual de la Esperanza. Hoy más que nunca, pues, adquiere mayor sentido la advocación con la que históricamente se te venera en esa Puerta Real que jamás fue derribada del nomenclátor hispalense: Redención.

Hace poco más de veinticuatro horas, Señor, sabes que las palabras que traía escritas para esta noche no eran estas a las que pongo voz en estos tristes instantes. Por eso digo que Tú quiebras cualquier plan que podamos tener previsto... Hoy, cuando vivimos la undécima jornada de esta Cuaresma que cabalga hacia la Pascua de tu Resurrección, cuando está a punto de suspirar este sábado cuyo número en el calendario de este gélido febrero es el mismo que el de la septembrina festividad de tu Madre, cuando no hace ni una semana que Sevilla entera se hizo Torreblanca para llevarte Cautivo por sus calles hasta la seo metropolitana para rezar juntos todos los cofrades tu vía crucis como marca la tradición en ese primer lunes de este tiempo de ayuno y abstinencia, hoy nos has convocado para despedirnos de un hermano, de un hombre que, como Tú, trató de guiar nuestros pasos tocando el martillo de este paso que es nuestra existencia y que como buen capataz nos arengó para no desfallecer jamás, por muy dura que pudiese ser la carga, por más kilos que nos cayesen encima... Y amaba tanto a las Glorias que sin alcanzar siquiera esta misma Cuaresma su ecuador, te lo has llevado a aquel inhóspito lugar que es la Gloria en sí.

Tiemblan mis cuerdas vocales justo a la misma vez que las lágrimas tratan de hacer su aparición por los párpados, porque la pena es honda e inmensa, y aunque la razón trata de buscar alguna explicación que, muy a nuestro pesar, no existe, el corazón intenta apaciguar la amargura agarrándose a esa fe que nos hace ver que Jesús no se ha ido del todo. ¡Fíjate, Señor, incluso se llamaba como Tú, para que en una especie de juego de vocablos todo adquiera mayor sentido en esta meditación que me pides en estas fechas como pregonero de las Glorias que habré de ser en dos meses escasos!

Dicen, y suelo hacer mía con excesiva habitualidad esta frase, que Tú escribes derecho sobre renglones torcidos... Quizás por ello, cuando recibí la mala noticia de que Jesús era preparado para ir a tu encuentro definitivo porque el sueño se lo llevaría a tu lado y ya sólo cabía esperar a su postrero suspiro, me hallaba escribiendo en las páginas de mi pregón la advocación de Madre de Dios del Rosario, aquella patrona de capataces y costaleros de la que tantos años fue hermano mayor de su corporación letífica y en la que tanto ejemplo dio de callada y humilde labor de discreto cofrade de Sevilla.

Tú has querido, Señor, que esta noche me acercase a Ti y tuviese que hacerlo hablando de este hermano que ya ha partido hacia tu morada, él, que tan defensor fue de nuestras hermandades de Gloria. Por ello, sólo te ruego que le tengas reservado un buen sitio en tu Reino, sino el mejor, sí al menos un espacio donde se encuentre con otros cofrades y que desde allá pueda seguir contemplando la magnificencia de nuestras hermandades y cofradías, y de ese modo siga velando por esta importante parcela de nuestra Iglesia.

Quiero que esta meditación o reflexión en voz alta sea precisamente eso, por ello no quisiera extenderme en demasía, puesto que llega otra vez el momento de abrazarnos a tu madero y regresar a tu casa, donde en silencio te espera nuestra Madre de las Mercedes, a la que habremos de mimar de una manera especial este año al cumplirse los ocho siglos de la fundación de aquella orden a la que da nombre y que fuese fundada por San Pedro Nolasco para la redención de cristianos cautivos en manos de los musulmanes, cristianos que en nuestros días siguen siendo perseguidos en otras tierras y que sólo reclaman, precisamente, esa Redención con la que te advocamos.

Hay que volver de nuevo a tu capilla, aquella que discreta se levanta junto a una muralla que, invisible, sostiene las paredes de tu estancia, allá donde soñamos una puerta que sólo permanece en el recuerdo que evoca el nomenclátor de unas calles cercanas al recinto donde habitas...

Hoy junto a Ti, Señor, nuestra memoria se muere en el dolor de aquella ausencia que asciende hasta llegar delante tuya, y siempre imploraremos a tu Madre las Mercedes que alivian nuestras almas para, al fin, alcanzar tu Redención.

Fotos: Juan Alberto García Acevedo.










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