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Puerta Osario. Beaterías. Álvaro Pastor Torres.


 Cielo, infierno y limbo. Vamos a dejar aparte el purgatorio, las indulgencias y hasta la españolísima bula de la Santa Cruzada porque si no lo mismo faltan puertas –y no sólo en la iglesia palacial de Wittenberg sino en todas las del orbe católico- para clavar 95 o 9.500 tesis, que en esto de los números todo es añadir ceros a la derecha; lo mismo pasó con las famosas 11.000 vírgenes mártires de Colonia, que algún piadoso copista fue poniendo ceros y resulta que la hagiografía moderna las ha rebajado ya a 11 (Úrsula y diez más), o todo lo más a 110, con lo cual tenía más razón que un santo el perspicaz periodista César González-Ruano, que aún pareciéndoles muchas para un matarile colectivo, lo que tenía clarísimo, conociendo algo la condición humana –y él tenía varios másteres en trasnochar- es que vírgenes, lo que dice vírgenes, jamás se habían podido juntar tantas.

Hoy, la Iglesia Católica –Apostólica y Romana, para dar la matrícula completaeleva a los altares a la Madre María de la Purísima, séptima Madre General de la Compañía de las Hermanas de la Cruz. Aquí no cabe decir eso tan pomposo de “subió a la gloria de Bernini”, porque ni es canonización ni estamos en la basílica de San Pedro, todo lo más será al graderío alto del estadio no olímpico de la Cartuja. Y para esta ceremonia se cuenta con la compañía, baza, concurso o ayuda inestimable e imprescindible (que cada uno elija lo que crea más conveniente) de una Esperanza Macarena sin palio, sin fajín militar, con las mariquillas de José y el manto de la coronación.

Pero no todas las beatas sevillanas van al cielo. Una, María de los Dolores López, se supone que acabó en el infierno, si es que existe, que en esto tampoco se ponen muy de acuerdo los últimos papas. Y otra, Sor Bárbara de Santo Domingo, “la hija de la Giralda”, debe andar en el limbo burocrático-vaticano, lo cual ya de por sí es un pleonasmo, pues papeleo sumo y gobierno de la iglesia van de la mano desde hace siglos.

La invidente Dolores López, más conocida como “la beata ciega” por haber estado varios años  en un beaterio de Marchena, “donde pasaba encerrada con sus confesores muchas horas al día”, fue la última víctima mortal de la Inquisición hispalense. Acabó en el castillo de Triana por impenitente, ilusa, contumaz y hereje. Como se arrepintió in extremis fue agarrotada antes de acabar en las llamas el 24 de agosto de 1781 con las luces de la Ilustración a medio encender –o apagar- por culpa del Santo Oficio y la caverna. Un niño llamado José María Blanco White presenció la ejecución en un prado de San Sebastián repleto de espectadores.

Foto: Álvaro Pastor Torres.

Publicado en EL MUNDO de Andalucía, Edición Sevilla, el Sábado 18-IX-2010










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