Arte Sacro
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Angeología. Irene Chacón García


La tradición judía dicta que los ángeles precedieron a los demonios. La antigua religión de Israel admitía que Yahvé tuvo seguidores celestes que lo rodeaban y ejecutaban sus órdenes. En un pasaje de Génesis (6, 1) se cuenta que algunos de estos ángeles encontraron hermosas a las hijas de los hombres, se unieron a ellas y engendraron a los gigantes. Isaías (6,2) nos habla de serafines de seis alas que volaban por encima del trono de Dios cantando su gloria. Por último en el I libro de Reyes (22,19) el Profeta Miqueas realiza una descripción minuciosa sobre “todo el ejercito del cielo” alineados de izquierda a derecha del trono de Yahvé.

Aun así, son contadas las veces en que estos ángeles aparecen en los documentos antiguos, más que nada en tiempos del destierro. Respondían ante la necesidad intermediaria entre Dios y los hombres, además de intérpretes de las profecías, como así quedó reflejado en las crónicas de los Profetas exílicos. Los judíos atribuyeron a estos ángeles funciones de agentes generales de Yahvé, en el caso de que Este se sintiera con ánimo de manifestar alguna decisión. De ahí que los multiplicaran, los especializaran y los dispusieran en grados de jerarquías además de haber fijado sus nombres y parentesco. Las doce docenas de ángeles de las que según Mateo (26,53) debía recibir Jesús como fuente de socorro, si se lo hubiese pedido a Dios, responde también a la convicción de que los ángeles son innumerables (la numerología angelical procede en suma del mazdeismo).

Este ejercito celestial cuenta también con jefes; cuatro según unos, siete según otros. Nosotros los llamamos Arcángeles; entre ellos los más importantes fueron Miguel, Gabriel y Rafael. Por debajo de estos, las tropas jerarquizadas en Kerubim, Seraphim y Ophannim que nosotros conocemos mejor por sus formas griegas; Las Potencias, las Dominaciones y los Tronos. Todos estos ángeles, cada cual en los límites de su dignidad, tenía como función servir a Dios como órganos de su voluntad (aunque estos nunca conocieron los deseos y secretos de Dios), dicha afirmación puede comprobarse mediante el pasaje de Macabeos (13,32). Cada pueblo o ciudad tenía sus própios ángeles, situación que a veces tornaba en una guerra nacional entre demiurgos en defensa de sus protegidos. Esto no es más que la respuesta al viejo instinto politeísta del que aún no había logrado desembarazarse completamente el pueblo judío. El Profeta Enoc los denomino; espíritus de Luz (puesto que en Oriente el brillo de la luz era una de las manifestaciones divinas).

Irene Chacón García es Licenciada en Historia por la Universidad de Sevilla, Máster en Estudios Históricos Comparados (us.es) y Máster en Religiones y Sociedades (upo). 

Foto: Ángel Confortador (Lóurdes Hernández)










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