Arte Sacro
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Que poquito queda. La Vera Cruz de Santa Rosalía. Alberto de Faria Serrano


 En el estrecho pasillo que conduce a la casa basilical del Señor y que se honrara a la memoria del ilustre y magnánimo beato de los desfavorecidos y los enfermados mora ahora la Vera Cruz. Lleva más de una veintena de lunas alimentándose su venerable y seráfico espíritu de la quietud remansada y de la serena luz que impregna a todos sus actos las hermanas de Santa Rosalía. Como aquel humilde y servidor que abandona raudo su modesto hogar por alguna contingencia y es acogido por la hospitalidad conventual de quien como buenas samaritanas siempre tienen su casa y su cobijo presto y dispuesto. 

En realidad, más allá de su segunda casa se vinculan tan espiritualmente que al traspasar los portones de la capilla ya no es fácil delimitar la línea tangible que delimita la calma claustral de la inherente austeridad de la hermandad. Todo es sosiego interior. Un rutilante impacto de paz que se apodera de uno desarmando los convencionalismos preconcebidos y materiales que imperan al otro lado del cancel.

En lo más alto del altar ondea el mástil lúgubre del verbo. El imponderable símbolo del mensaje divino. La descarnada autenticidad de la palabra, el reclamo severo de la verdad y el exacto significado de la vida. El cuerpo deshilachado y entregado del hombre abatido por el madero de nudos desiguales, tan vivos como la palabra que encierran, es honrado en su quinario cuaresmal. La verdad de la Cruz es tan transparente como el azul de la tarde de la ceniza. Tan diáfana como el sendero que alumbra a los que acudirán cada noche. Pero tan oscura como el telón aterciopelado que le antecede. Se gravita aún una insondable bocanada incienso de una misa anterior. O tal vez del primer día de culto. 

 Ha comenzado la Cuaresma. Es hora que cada cual tome su cruz arbórea  y siga la verdadera. Aquella que se venera estos días en Santa Rosalía. Que se encienda cada cirio verde que alumbre el camino. La Gavidia paciente aguarda desperezándose de su tala anual para que un monte de lirios lleve su silencio frugal y penitente en la canastilla de caoba. Las Cortes, San Hermenegildo no son más que esquinas alquiladas para cobijar a los portadores del lignum crucis. ¿Quien va? La hermandad de la Vera Cruz que vuelve a casa. A Santa Rosalía. Que poquito queda.

A los hermanos Alberto y Juanlu.

Foto: Francisco Santiago

 










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