Arte Sacro
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«De la soledad de Las Sierpes». Mariano López Montes


Mariano López Montes. Hoy es Miércoles Santo por la mañana, y presto me dispongo a salir para realizar, según y cumpliendo las reglas preestablecidas de estas nuevas clausuras monásticas de ámbito doméstico, que llevamos impuestas, y me dispongo a realizar esa “Estación de Intendencia” a ese templo del mercado tradicional que no es otro que la antigua y a la vez renovada Plaza de La Encarnación , no muy grande  pero con el saber de aquellos antiguos “placeros” que se asentaron después de la última renovación,  debajo de aquellas controvertidas “Setas”, como en aquellas antiguas películas de animación de “David El Gnomo”.

El recorrido, como distan las reglas y condiciones de las cofradías serias a las que pertenezco, por el camino más corto, sin detenerse, en solitario y nunca en pareja, sin hablar ni saludar a nadie, cuando te cruzas con otro en el mismo lugar surge la mirada de recelo y distanciamiento que siembra la duda y cada uno en su interior, meditando la logística como buen Mayordomo para cuadrar el presupuesto de las necesidades y las apetencias culinarias, que al igual que en el exorno de los pasos y organización de la cofradía, merece una buena o por lo menos digna mesa.

Al llegar al mercado reina el silencio que invita a la meditación y el recogimiento propio, y estos priostes, pescaderos, verduleros o carniceros han adquirido el buen y pulcro habito del cirujano más metódico, mientras te muestra su pequeña obra de Priostía en el montaje y presentación de su propio puesto.

En mi camino se cruzan algún que otro, que debe ser de una cofradía muy similar de sería a la mía y observan las mismas pautas de comportamiento, siempre con esas bolsas o carritos de compra, que como improvisada papeleta te autoriza un día más a participar en el ritual mañanero. El Diputado Mayor de Gobierno ha dispuesto a un eficiente cuerpo de diputados o celadores en forma de policías nacionales o locales, que la diferencia de las cofradías no tienen tramo y que se encargan, con el celo  que suelen desempeñar en el cargo, de retirar la papeleta de sitio a todo aquel que no cumpla las normas dispuestas, no con la amonestación o expulsión, sino en forma contributiva de euros para ciertas Arcas que generalmente no tienen ningún carácter caritativo ni creo que solidario.

También me cruzo en mi silente recorrido a otros confinados penitentes más risueños y con menos interés por la pitanza que pasean a sus perritos, con la intención casi siempre bien intencionada, que el querido can cumpla con sus necesidades más perentorias, pero aunque siempre vayan con él o los perros al lado, no tienen ninguna pinta de pertenecer a San Roque.

La gran sorpresa y desilusión es cuando en el recorrido de vuelta pasamos por La Campana y se ve esa calle de Las Sierpes, como decían los antiguos, vacía y desolada, sin nazarenos bomboneras ni torrijas en su Cafería más emblemática, con aquellas persianas cerradas a cal y canto que ocultan todo lo bello que esta calle ofertaba a paseantes y turistas.

Sin ese escaparate de Maquedano verdadero museo de la sombrerería del buen gusto, sin ese Ochoa, donde quedaban unas señoras refinadas que yo conocí y que tertulianamente se denominaban «La tradicional reunión y merienda de las Señoras en Ochoa del Jueves», ni aquellos escaparates puestos con el tacto refinado de un buen prioste de Foronda, ni los abanicos y paraguas de Rubio, etc., etc. También se echaban de menos aquellos clubs o círculos de charlas, puros y periódicos con aquellos señorones que peinaban canas y que veíamos en nuestros paseos de niño, ni los cines como el de mi amigo Fernando de Artacho y Llorens, aquel que tenía como cruzada devolver la antigua Cruz de Cerrajería a su emplazamiento original, aquel que nos dejó hace pocos meses con esa túnica morada y antigua, de su Hermandad del Valle, como la mejor vestimenta a la sevillana manera de alcanzar la gloria.

El Catunambú, Artesanía Textil, Calvillo y otros establecimientos que han quedado retenidos en nuestra memoria. Lo mejor del cierre es la ocultación de los nuevos negocios de productos y “souvenir Taiwaneses” para guiris, que han crecido como las setas y han desplazado a aquellos de tanto encanto, porque para lo que hay que ver mejor ser un poco cegato, y no me refiero a la macro tienda del Betis, ya que en cuestiones futbolísticas soy bastante agnóstico.

Nuestro paso por Campana y Sierpes fue como tiene que ser este año, puntual como nos decían los relojes del Cronometro, que sí nos volvían a la realidad de este tiempo y esta Semana Santa que nos ha tocado vivir, por culpa de ese Coronavirus que vino de fuera y que ha destrozado como la ilustre Señora enjuta y algo famélica que vive en San Gregorio con su guadaña, todo lo bueno bello y grande que es parte de nuestras creencias y una manera muy bella de vivir la vida.

Coronavirus ¿cómo puede haber un bichito tan diminuto que sea capaz de destruir algo tan grande y lleno de vida como es la Semana Santa?, y mira que llamarse de esta manera con lo que nos gusta a los cofrades una Coronación, sobre todo si después se pasea bajo palio por esta su Sevilla, que en esas celebraciones nunca tiene prisa.

Aquellas sillas por la que la gente pugna, pelea y paga para no perderse un detalle y practicar algo tan nuestro como el intercambio de saludos, los abrazos y también las mordaces críticas, que todo hay en “La viña del Señor”, ya no están, aunque creo que hay que reconocer que en vez de ser anatómicas, tienen más vocación de forenses ya que te deben de partir “las espaldas” como dicen mis usuarios de la Seguridad Social.

No había música, ni incienso y esta ciudad gracias a la pesadilla que estamos pasando este año se había convertido en aquellos pueblos fantasmas, muertos y desérticos de esas películas de cowboy e indios que veíamos en horario infantil sobre las cuatro de la tarde cuando éramos niños, y de eso ya sí que ha llovido.

Pero esta pesadilla para todos nunca será eterna, ya que cualquier día al despertar, quizás dentro de muchos años endulzaremos estos momentos amargos que estamos viviendo y sacaremos valores positivos como la amistad y la resignación mediante la nostalgia, la evocación y los recuerdos, y como en aquella película que debería ser asignatura obligada para que la vieran todos los jóvenes que se titula “La vida es Bella” se repetirá una vez más la última estrofa de su entrañable canción que dice nada más y nada menos: “Una noche la tristeza se irá sin avisar y así sabrás lo bello que es vivir”.

 

    …….  Dedicado a mi amigo D. Fernando de Artacho Perez-Blazquez.

Fotos: Mariano López Montes










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