Arte Sacro
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Del foro a la morería. Aquel Cristo de antaño.


José Fernando Gabardón de la Banda. Del foro a la morería transcurre el tiempo. Del foro a la morería conduce las dos ciudades opuestas que se reencontraron, la romana y la islámica. Del foro a la morería, dos historias que se entrecruzan, en los preliminares de una ciudad que fue cambiando sin que se diese cuenta. Del foro a la morería, de la alfalfa a San Pedro, entre angostas callejuelas hasta espacios abiertos, entre caseríos decimonónicos y algunos bloques de pisos que enterraron en su día aquellos años de luces. Del foro a la morería, hoy surcan bares y tabernas, como ya lo hubiera en aquellos tiempos en que caballeros y mancebos buscaban alguna alegría en épocas de guerras, hambrunas y epidemias. Del foro a la morería, recorrió algunos días sus calles entrecortada, un niño llamado Diego, Diego Silva Velázquez, el pintor más conocido de su tiempo. Del foro a la morería se calman los pesares, se regocijan las almas, al rezar a aquella Virgen, la que los hermanos obregones trajeron a su hospital, la Virgen del Buen Suceso. Del foro a la morería ya se encuentran trinitarios, cuyo convento e iglesia, la de la torre bulbosa, que llegaron a Sevilla a salvar cautivos de cuerpo y alma. Del foro a la morería van escuchando teñir a lo lejos las campanas de una iglesia, que recuerdan la alegría, al despertar los ensueños, de aquella mezquita que antaño alojara a una población musulmana que terminaría siendo expulsada. Del foro a la morería, se alza una parroquia de origen gótica, anexa a un convento, el de Santa Inés, fundada por una ilustre vecina, Doña María Coronel. Del foro a la morería un día la visionaria Teresa Enríquez, y su instancia se incluiría el culto a la Eucaristía, del que nacería una cofradía sacramental. Del foro a la morería recorriendo sus calles la familia de los Ribas, que levantaran el retablo mayor de la iglesia y los pintores Pedro de Campaña y Juan de Roelas. Del foro a la morería pasean aquellas primeras cigarreras que fueron ocupando la primera fábrica de tabaco, que, aunque no sepamos cuál era su aspecto, todavía olemos el sabor de Indias. Del foro a la morería nacieron dos árboles gigantes, las higueras australianas, con amplios troncos, que se alargan hasta la altura, buscando las luces del cielo, de una plaza que emerge. Del foro a la morería fue el espacio de mis juegos, de aquellos momentos soñados, con mis compañeros Juan y José Miguel, que recorría con mis cinco sentidos la apertura de la vida, del principio a la eternidad.

Del foro a la morería recorre todos los años, una cofradía señera, fundada por burgaleses, castellanos viejos, antiguos mercaderes que llevaron a Sevilla a convertirse en la ciudad comercial más importante del mundo. De aquellos tiempos eternos trajeron a la ciudad una devoción que hunde sus raíces en tierras de catedrales, de crucificados góticos de Cristo atormentado con cabellera natural, de expresiones atormentadas, reflejo de vidas de infortunios, guerras, hambres y epidemias, en la que triunfaba la muerte, sin otra esperanza que el rezo del dolor. De aquellos tiempos eternos, que habían levantado una capilla anexa a vizcaínos y portugueses, en aquel angosto convento de San Francisco, hoy solo en la memoria de unos pocos. De aquellos tiempos eternos, un castellano de oficio escultor, de nombre Juan Bautista Vázquez el viejo, cuyo buen hacer ya se había extendido por la ciudad, les esculpió un Crucificado, cuyo renombre en el tiempo, fue llamado de Burgos, añoranzas de raíces, certificado de eternidad. 

De aquellos tiempos eternos, los cronistas de la época ya ensalzaban la grandeza de aquel escultor castellano, que había dejado a Sevilla una excelente talla, que adquiriría una intensa devoción, hasta fundarse una cofradía de penitencia, que la sabiduría de un pueblo la conocía como la Hermandad de San Pedro. De aquellos tiempos eternos, en los que ni el foro ni la morería ya pervivían, se fue definiendo una vía sacra que, desde la Alfalfa hasta la plaza de su iglesia, recorrería ese Cristo, las que los burgaleses encargaron al salmantino ya en la lejanía de finales del siglo XVI. De aquellos tiempos eternos, la devoción prosigue en las noches mágicas de aquellos Miércoles Santo, cuando se reúnen en la plaza, sus vecinos y devotos, hermanos de toda la vida, no solo de este día, sino los que acercan a rezarle muchos días del año a su insigne capilla. De aquellos tiempos eternos, el Cristo prosigue la historia de una hermandad que entre avatares históricos alzas y caídas recorre todos los años ese tramo final de su estación, desde el foro a la morería. De aquellos tiempos eternos, el Cristo inspira silencio, recogimiento, intimismo, oración ensimismada, como recuerdos de aquellas imágenes que portaban aquellas poblaciones azotadas por la guerra, la peste o el hambre. De aquellos tiempos eternos, el Cristo huele a ancestros, a un mundo que ya no existe, que solo conocemos por pinturas, dibujos o grabados. De aquellos tiempos pasados, el Cristo portado en su paso de caoba tallado, moderno para su talla, pero ancestral ya con los años, desde que en 1939 lo realizara José Merino Román, un verdadero altar de cartelas, tondos y los magníficos apóstoles que discurren por todo el canasto. De aquellos tiempos eternos, surgen esos niños monaguillos, esas dalmáticas, ese cuerpo de ciriales, entre nubes de incienso, que van abriendo el camino. De aquellos tiempos eternos, De aquellos tiempos eternos, el paso de Cristo se va moviendo, recorriendo las calles entre los balcones del alto caserío, que emergió de la antigua morería, ante la atenta mirada de su capataz, Antonio Santiago. De aquellos tiempos eternos, se oye ya al fondo el clasicismo mesurado de la banda del maestro Tejera, que acompaña aquella Dolorosa, Madre de Dios de la Palma, con la mirada alzada, recordando aquella escena antaña a los pies de la cruz. De aquellos tiempos eternos, una vecina del barrio, en medio de aquella plaza, sonríe entre sus labios, ya espera a su Virgen, aunque nunca llegó a ser hermana, siempre la acompañaba, entre esperanzas y anhelos, consuelos de sus flaquezas y desdichas que la vida le dejó. Desde aquellos tiempos eternos, la vida va pasando, el foro, la morería, la propia plaza de antaño, y solo va quedando aquel Cristo que los burgaleses trajeron desde tierras de Castilla.

 A mi amigo Alejandro Aguilar, hermano de esta Corporación. 

José Fernando Gabardon de la Banda. Profesor de la Fundación CEU San Pablo Andalucía. Doctor en Historia del Arte. 

Fotos: Roman Calvo Jambrina










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