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La Liturgia de hoy. Domingo IV del tiempo ordinario


La Liturgia de hoy nos centra en la mesa de la Palabra de Dios. A Dios no podemos escucharlo directamente; pero sí a través de los profetas. Los profetas son los que hablan de parte de Dios, los transmisores de la Palabra de Dios. Esa Palabra que es la segunda persona de la Santísima Trinidad, se hizo hombre en Jesucristo. Él nos enseña con autoridad propia sin tener que hacer referencias a citas de autores como hacían los escribas. Y, al mostrar su poder sobre los espíritus inmundos, éstos eran los primeros que lo reconocían como el Santo de Dios y salieron de aquel hombre (Cfr. Evangelio). De esta manera se confirmaba la autoridad con que predicaba.

Los cristianos por el bautismo participamos en la condición de Cristo como profeta. Así nos lo recordaba el Concilio Vaticano II: «El pueblo santo de Dios participa también del don profético de Cristo, difundiendo su vivo testimonio, sobre todo por la vida de fe y de caridad, ofreciendo a Dios el sacrificio de la alabanza, el fruto de los labios que bendicen su nombre (cf. Hebr., 13,15).» (L.G. nº 12) «la Iglesia, fundada sobre Pedro y los apóstoles y que hoy, a través de los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, sigue siendo garante, animadora e intérprete de la Palabra (cf. LG 13)”. Y, dentro del Pueblo de Dios, testimonian esto los que se dedican de manera especial a la tarea de difundir la Palabra: misioneros, catequistas, sacerdotes… “el apogeo de la predicación está en la homilía que aún hoy, para muchos cristianos, es el momento culminante del encuentro con la Palabra de Dios. En este acto, el ministro debería transformarse también en profeta. » (Mensaje final del Sínodo de los Obispos n.º 7).

Pero no podremos ser testigos de la Palabra para los demás si no escuchamos de verdad la Palabra de Dios, vaciándonos de nosotros mismos, y dejándonos llenar por Dios. El salmo responsorial nos lo recordará: «Ojalá escuchéis hoy su voz; no endurezcáis vuestros corazones».

Esta actitud de dejarse llenar por Dios la deben vivir todos los cristianos. Los que se consagran plenamente a Dios en el celibato o la virginidad deben ser para todos testigos de la citada actitud. El celibato no es compatible con un egoísmo comodón sin o que su sentido es «el trato con el Señor sin preocupaciones» (Segunda lectura).










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