Arte Sacro
  • Noticias de Sevilla en Tiempo de Pascua
  • sábado, 28 de mayo de 2022
  • faltan 309 días para el Domingo de Ramos

Liturgia. Sobre algunas incorrecciones en la Eucaristía observadas por parte del Sacerdote. Jesús Luengo Mena


Si en un artículo anterior hacíamos observaciones sobre algunas costumbres de los laicos que no eran correctas, litúrgicamente hablando, tampoco los sacerdotes se libran, en algunos casos, de cometer irregularidades. Relacionamos algunas, siempre con el ánimo de que nuestras celebraciones litúrgicas sean cada vez más auténticas.

Ante todo, el sacerdote que preside la eucaristía tiene que  cuidar su apariencia externa. Debe revestirse con alba, cíngulo (si le es preciso para ceñir el alba), estola y casulla. La casulla es obligatoria, aunque a veces se vea a sacerdotes presidiendo solo con alba y estola. El calor no es excusa para no ponérsela. Si, en cambio, les está permitido a los concelebrantes vestir alba y estola solamente. Asimismo, debe procurar que el cuello queda bien cubierto y no se vea la camisa o corbata, si la lleva. Para evitar esa circunstancia existe el amito, paño blanco que pocos usan, que cubre la zona del cuello. Igual observación vale para todos los ministros del presbiterio, incluidos acólitos. Igualmente, debe calzar unos zapatos adecuados, de color negro preferentemente. Más de un cura he visto oficiar en zapatillas deportivas.

Si lleva teléfono móvil, como hoy es habitual, debe tener especial atención en desconectarlo o dejarlo en silencio. Si en una misa siempre suena algún teléfono a los fieles (lógico por otra parte, al llevarlos todo el mundo, pero no por ello menos censurable) más grave es que le suene al sacerdote, algo que he presenciado en más ocasiones de las debidas. Y, por supuesto, siempre le suena en el momento más importante: la consagración.

Al llegar al presbiterio hará reverencia al altar (no a la cruz) y lo besará. Sobre el uso del incienso también habría que hacer varias observaciones. Al comienzo de la misa, el sacerdote inciensa al altar, a la cruz con tres golpes dobles y a las imágenes que estén expuestas de manera solemne, como en un altar de cultos o besapié/besamanos. En el resto de la misa no se vuelve a incensar a las imágenes, si en cambio a la cruz, tras la preparación de los dones. La OGMR (nº 75) dice claramente que “El sacerdote pone el pan y el vino sobre el altar mientras dice las fórmulas establecidas. El sacerdote puede incensar las ofrendas colocadas sobre el altar y después la cruz y el mismo altar, para significar que la oblación de la Iglesia y su oración suben ante el trono de Dios como el incienso. Después son incensados, sea por el diácono o por otro ministro, el sacerdote, en razón de su sagrado ministerio, y el pueblo, en razón de su dignidad bautismal.”

En cuanto a la forma de incensar siempre ha de hacerse con movimientos dobles únicamente. Con tres movimientos dobles se inciensa: el Santísimo Sacramento (que ha de hacerse de rodillas), la reliquia de la Santa Cruz, las imágenes del Señor que estén expuestas solemnemente (en besamanos por ejemplo), los dones para el sacrificio, la cruz del altar, el Evangeliario, el cirio Pascual, el ministro celebrante y el pueblo (donde se incluyen las autoridades que estén presentes de manera oficial y el coro). Con dos movimientos dobles se inciensan las reliquias e imágenes (incluidas las de la Virgen) expuestas a la veneración pública y sólo al principio de la celebración, después de incensar el altar. Antes y después de la incensación se debe hacer una reverencia profunda a la persona u objeto que se inciensa, a excepción del altar y los dones para el sacrificio de la Misa. En cualquier caso, los golpes de incensario siempre son dobles, que se repiten dos o tres veces. Yo he presenciado numerosos líos en este tema. Lo más pintoresco fue en una misa, en la cual el sacerdote incensó con tres golpes triples a la imagen de Cristo, con dos golpes dobles a la imagen de la Virgen y con un golpe simple a San Juan. Se conoce que tenía muy clara la jerarquía de valores y fue disminuyendo el número de golpes según su criterio.

Ninguna de las lecturas, en principio, son competencia del presidente. Las no evangélicas las hará un lector y el Evangelio el diácono, o un concelebrante. Solo si el sacerdote no tiene ayudantes ni hay lectores adecuados podrá hacerlas todas.

Sobre el Aleluya nos dice claramente la OGMR (nºs 62 y 63) que “después de la lectura que precede inmediatamente al Evangelio, se canta el Aleluya, u otro canto establecido por la rúbrica, según las exigencias del tiempo litúrgico. Esta aclamación constituye de por sí un rito o un acto con el que la asamblea de los fieles acoge y saluda al Señor que les va a hablar en el Evangelio, y profesa su fe con el canto. Lo cantan todos de pie precedidos de la schola o del cantor, y, si procede, se repite; el verso lo canta el coro o un cantor. El Aleluya se canta en todos los tiempos litúrgicos, fuera de la Cuaresma. Los versículos se toman del Leccionario o del Gradual. En el tiempo de Cuaresma, en lugar del Aleluya se canta el verso que presenta el Leccionario antes del Evangelio. Y más adelante se aclara que, si no se canta, puede omitirse.

Se debe leer siempre del Leccionario, evitando papeles y hojitas de subsidios litúrgicos.

Un rito que es obligatorio, pero que se omite muchas veces, generalmente por comodidad, en el lavabo. El rito es posterior a la incensación de los dones y del pueblo. La OGMR es clara al respecto (76): “A continuación, el sacerdote se lava las manos en el lado del altar. Con este rito se expresa el deseo de purificación interior”. Comprendemos que, si el sacerdote está solo en el presbiterio, puede resultarle un rito molesto sin ayudante, pero debe hacerse.

Para terminar, si no tiene acólito que le ayude, debe purificar los vasos sagrados en un extremo del altar, o mejor en la credencia, evitando usar el centro del altar y que no parezca en ningún caso que es como una segunda comunión. A veces, la minuciosidad de la que algunos sacerdotes hacen gala cuando purifican el cáliz da la impresión de que es un rito muy importante, cuando en realidad se trata de un acto litúrgicamente irrelevante. Se trata solo de lavar los vasos, después del banquete pascual (al igual que se lavan los platos tras una comida) y evitar que queden partículas de las hostias consagradas.









Utilizamos cookies para realizar medición de la navegación de los usuarios. Si continuas navegando, consideramos que aceptas su uso.