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Liturgia. El matrimonio canónico (I). Jesús Luengo Mena


 Vamos, en una serie de artículos consecutivos, a analizar y desarrollar el tema del matrimonio canónico, su sentido y sacramentalidad, la nulidad y sus causas, la separación, la situación de los divorciados y vueltos a casar y todas las cuestiones que se refieren a este tema, tan de actualidad por la cantidad de divorcios, uniones de hecho o matrimonios civiles que los católicos protagonizan y que debemos conocer. Son cuestiones que atañen más al Código de Derecho Canónico –CDC– que a la Liturgia.

Comenzamos por la definición de matrimonio. La Iglesia Católica afirma que la alianza matrimonial está constituida por un varón y una mujer. La esencia del matrimonio está recogida en el canon 1055 § 1, que recoge  casi literalmente la doctrina contenida en la Constitución Pastoral “Gaudium et Spes”, del Concilio Vaticano II. Dice así: “La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre si un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados”.

Por lo tanto, la Iglesia Católica

- Excluye el matrimonio homosexual, la poligamia –un varón con varias esposas– o la poliandria –una mujer con varios esposos–.

- El matrimonio va orientado a la generación y educación de la prole.

- El matrimonio entre bautizados en la Iglesia Católica es sacramento.

- El matrimonio canónico rato y consumado, es indisoluble –rato es que haya sido válido y consumado es que los cónyuges hayan realizado el acto sexual destinado a la procreación–. Lógicamente, un matrimonio no rato es nulo, al igual que un matrimonio no consumado. La consumación del matrimonio se presume, o sea, se da por hecho, si no se dice nada en contra.

Los casados sacramentalmente, posteriormente divorciados y vueltos a casar, civilmente por supuesto, viven, canónicamente hablando, en adulterio. Sabemos que esa afirmación suena muy fuerte, pero “técnicamente” es así.

- Los católicos tienen obligación de contraer matrimonio sacramental, o sea, lo que popularmente llamamos casarse por la Iglesia. La Iglesia no considera válidos los matrimonios de católicos efectuados solo ante la autoridad civil, por lo que los considera nulos. Los cónyuges vivirían, en este caso, en concubinato.

Según el CDC, para que dos personas puedan contraer matrimonio válido deben ser: Hábiles, es decir, no tener impedimentos matrimoniales; capaces de consentir en forma libre y deliberada y que quieran consentir a tenor de las normas canónicas; manifestar el consentimiento matrimonial según la forma jurídica canónica.

De esos supuestos se deduce que, para que el matrimonio sea válido, los cónyuges no deben tener impedimentos que lo anulen, o sea, que se puedan casar –las causas de nulidad las veremos en otros artículos–;  la persona debe saber lo que hace, tener conciencia de que se está casando sacramentalmente y, además, manifestar libremente el consentimiento. Sin libertad, el matrimonio sería nulo. No se puede contraer matrimonio válido forzado bajo amenazas u otras formas de coacción.

La anulación y la nulidad: concepto. La anulación de un matrimonio

Bien, ya dijimos líneas atrás que el matrimonio rato y consumado, o sea, celebrado sacramentalmente y que los conjugues hayan realizado el acto sexual encaminado a engendrar a la prole, es indisoluble. Pero ¿y si el matrimonio no ha sido rato o no  ha sido consumado? En estos casos sí es posible, pidiendo al Papa la anulación oportuna. Pero son casos muy excepcionales. Como norma, se puede afirmar que la Iglesia ni puede ni pretende anular matrimonios. El CDC, en sus cánones del 1142 al 1150 detalla la casuística que puede producirse en estos casos. Así pues, tras afirmar que “el matrimonio rato y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa fuera de la muerte” se añade a continuación que  el matrimonio no consumado entre bautizados, o entre parte bautizada y parte no bautizada, puede ser disuelto con causa justa por el Romano Pontífice, a petición de ambas partes o de una de ellas, aunque la otra se oponga”.

Hay dos casos que afectan a la sacramentalidad del matrimonio, al matrimonio consumado pero no rato, siempre realizado entre no bautizados. El primero es el llamado “privilegio paulino”, que se refiere a poder disolver una matrimonio si ambos cónyuges no estaban bautizados y uno de ellos, posteriormente, se bautiza y el cónyuge no bautizado se separa o ejerce violencia contra la parte bautizada o deja de cohabitar con ella. En cualquier caso, la parte no bautizada debe ser oída y advertida de si quiere también ella recibir el bautismo o si quiere, al menos, cohabitar pacíficamente con la parte bautizada, sin ofensa del Creador. El privilegio paulino es, pues, la disolución de un vínculo natural de matrimonio entre partes no bautizadas. El nuevo matrimonio disuelve el antiguo. El privilegio tiene su base en una interpretación de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios, donde Pablo aconseja a los convertidos al cristianismo que se separen de su cónyuge si este es no creyente y no acepta vivir en paz con él[1].

Otra caso en el llamado “privilegio petrino”, porque se considera como  fundamento del mismo el poder de las llaves conferido por Cristo a los sucesores de Pedro. La potestas clavium fue dada a Pedro y a sus sucesores desde el origen y está basado en el Evangelio de Mateo.[2].  Esta potestad no es de jurisdicción propia, como corresponde a la Iglesia en cuanto es sociedad jurídica perfecta, sino que es peculiar v extraordinaria, ministerial e instrumental, en cuanto se ejerce con la autoridad y en nombre del mismo Cristo. Por lo tanto, es potestad propiamente vicaria, divina en sentido verdadero y estricto. A veces es llamado también “privilegio de la fe”. Los cánones 1148-1149 regulan otros supuestos de disolución del matrimonio entre no bautizados cuando una de las partes se convierte y se bautiza. Se trata de los casos de quien tenía simultáneamente varias esposas o varios maridos (no bautizados) antes de bautizarse, y de quien, una vez bautizado en la Iglesia Católica, no puede restablecer la cohabitación con su cónyuge por causa de persecución o cautividad. En estos casos la disolución se produce por disposición del mismo derecho, basada, según la doctrina más común, en la potestad ministerial del Romano Pontífice.  De igual forma, si recibe el bautismo en la Iglesia católica un no bautizado que tenga simultáneamente varias mujeres –poligamia–  tampoco bautizadas,  puede quedarse con una, apartando de sí las demás. Lo mismo vale para la mujer no bautizada que tenga simultáneamente varios maridos –poliandria–  no bautizados. En definitiva, en caso de duda, el privilegio de la fe goza del favor del derecho. El privilegio petrino se diferencia del privilegio paulino en que el primero conlleva un acto de ejercicio de la autoridad suprema del Papa.

[1] ICor 7,12-15,

[2] Mat 16, 18-19 Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.

Foto: Francisco Santiago










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