Arte Sacro
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San Vicente de Paúl y El Baratillo. Francis Segura Márquez


Si ponemos todos el mismo hombro, comprenderá la Virgen de la Estrella por qué su Hijo tiene a los pies la cruz antes de ser crucificado. Porque ha sido la mejor ofrenda que le ha podido dar Sevilla. La Estrella es otra de las pasiones del pregonero. La considero bella, perfecta, cuidada, querida…yo sé que me espera siempre, pero cuando me pongo ante ella me inunda un temblor que en nada favorece a la consecución de mis logros.

Algo en mi interior muere cuando vuelvo a cruzar el dintel de su capilla en la calle San Jacinto. Algo en mí queda macilento, rígido, hierático como el Cristo Yacente, que en San Gregorio conoce el Triunfo de la Santa Cruz. Ese Cristo muerto no conoce límites, y en el rigor de su cuerpo, conozco yo e imagino el cansancio postrero de San Vicente de Paúl, que no puede faltar en este pregón de Semana Santa.

Yo creo que a San Vicente le gustaría mucho ver cómo la caridad se manifiesta en nuestras procesiones. La caridad de las Santas Mujeres de la Mortaja, que cumplen con la séptima obra de misericordia, que es enterrar a los muertos. Disfrutaría San Vicente de Paúl contemplando la obra social de la cofradía del Divino Perdón del Parque Alcosa, que ayuda a sus vecinos a cargar la Cruz y el Cáliz de tantos problemas.

Yo sé que San Vicente se quedaría admirado viendo la conversión arrepentida de Longinos a caballo tras la Sagrada Lanzada, mientras la Virgen de Guía encuentra el consuelo en las lágrimas de San Juan. La cofradía de la Lanzada, también se siente guiada, impulsada, llevada por el Buen Fin que propone María desde su palio catedralicio. Por encima, al lado, detrás de todo esto, la Esperanza de María también aquí, en la primorosa imagen de la Divina Enfermera, que seguro llamaría la atención de San Vicente, él que pasó tantas horas atendiendo enfermos y sanando heridas del cuerpo y el alma.

Yo voy a traerme a San Vicente a Sevilla. Y le voy a decir que venga conmigo. Lo llevaré antes a Pasión, que yo sé que los extranjeros se sienten embargados viendo esa dulce manera de llevar la cruz, y esa zancada sobre el aire del Nazareno de Martínez Montañés. Pero eso el Jueves Santo. El Miércoles me lo llevo yo al Arenal, que allí hay una cofradía que parece que la fundó él mismo.

Sé que se me ve el plumero.
Que habiéndolas con más fama,
a San Vicente me llama
hacerlo baratillero.
Yo le soy franco y sincero.
Yo lo llevo al Baratillo
porque allí en el estribillo
del nombre de la Hermandad,
siempre está la Caridad
formando su jaleíllo.
Yo sé que la Caridad
a él le llena y le remueve.

Sé que San Vicente bebe
el cáliz de la verdad.
Teniendo oportunidad
de que a Sevilla viniera,
yo en la esquina pusiera
del triunfo en la Catedral,
porque viera la especial
Caridad baratillera.
Caridad que es bien distinta
de las otras caridades
con las que fundó hermandades
en ocasión variopinta.

La Caridad fue la quinta
hasta que el Carmen llegó.
Luego a la sexta pasó,
pero ¡qué sexta, Dios mío!
¡Derroche de poderío
que el sexto sitio ocupó!
San Vicente vio pasar
la cofradía, y conmigo
comentó que allí en su tierra
era todo bien distinto.

Que él fundó las cofradías
de caridad en mil sitios,
y en la caridad pusieron
todo su empeño y su brío.
Pasó la Piedad primero,
Misericordia de Cristo.
Al final de aquel cortejo
fue ya el colmo y el delirio.
Pasó un buen rato y llegó
la Caridad, y en un guiño
le expliqué la Caridad
que nosotros descubrimos.

La Caridad puede ser
hermosa y allí la vimos
entre las velas rizadas
y los claveles blanquísimos.
Llevaba un manto de amor,
y bajo el manto escondidos,
costaleros que llevaban
a la Caridad con brío.
Una Caridad alegre,
como nos pide Francisco,
una Caridad hermosa
por su barrio armando el lío.

Si se me nota no importa,
si yo bien claro lo digo.
Yo llevé allí a San Vicente,
y en Caridad encendido,
pensó que su cofradía
sevillana había nacido.
Dijo metido en la bulla,
conferenciando conmigo:
“Llama a París y les dices
que me hago del Baratillo”.

Foto: Francisco Santiago










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